Desde que Moka llegó a mi vida, me he vuelto un ser humano infinitamente más ñoño. He pasado de comer conejo, relamiéndome y sin remordimiento alguno, a alimentar y cuidar a una de estas peludas criaturas mejor que a mí mismo.
Cuando llegó a casa no era más que un gazapo pequeño y peludo. De color indefinido entre el marrón y el gris, pasó los primeros días fuera de su jaula alternando los bajos de la cama y del sofá, con los ojos como platos y una evidente expresión de pánico. Es lógico. Que te separen de tu madre y tus hermanos con apenas unos meses de vida, y un tiparraco enorme te meta en una caja y te lleve a un lugar totalmente desconocido, para un animal de presa debe ser tremendamente traumático.
Con mucha paciencia y mostrándole en todo momento que mis intenciones eran buenas, valiéndome para tal menester de zanahorias, plátanos y pienso, conseguí que dejara de huir despavorida al verme. Con muchísima más paciencia conseguí que correteara alegremente mientras yo permanecía en la misma habitación. Verla corretear y saltar de alegría corroboró que estaba haciendo lo correcto para ganarme su confianza.
Llegados a este punto, pensé que ya iba siendo hora de domesticarla. Lo primero, era elegir un nombre. Barajé algunas opciones, aunque finalmente determiné que debía ser ella misma la que decidiera. Doblé algunos papelitos con un nombre dentro y se los ofrecí. En sus tres tentativas, eligió siempre el mismo papel, con el nombre de Moka.
Con los mismas hortalizas con las que me la gané, conseguí que acudiera rauda cual rayo cada vez que la llamaba y que volviera a su jaula cada vez que se lo exigía. Castigándola sin salir cuando se cagaba fuera de su jaula conseguí dejar de andar detrás de ella recogiendo conguitos. Observando sus costumbres a la hora de miccionar, logré que utlizara un baño similar al de los gatos.
Al tiempo, Moka fue incrementando su confianza en mí. Tras muchas horas de caricias en su jaula, comenzó a corresponderme lamiéndome la mano. Un día, me sorprendió subiéndose a la cama mientras yo leía. Hoy, se tumba a mi lado mientras le acaricio detrás de las orejillas y me sigue a todas partes. Y llevamos juntos menos de un año.
Después de todo esto, estoy seguro de que nunca más podré volver a comer conejo.
miércoles, 15 de julio de 2009
Nunca más comeré conejo
viernes, 19 de diciembre de 2008
Moka, ma pétite salope
Desde hace tiempo, cuando paso por delante de una tienda de animales no puedo evitar fijarme en los conejillos. Los veo ahí, como pequeñas bolas de pelo mullidas y saltarinas, siempre olisqueándolo todo y con sus orejitas enfocadas en todas direcciones, y se me despierta el instinto maternal.
¿Pero cómo es posible, que un tío de tu edad, con esas pintas y con esa más que dudosa reputación, con fama de ser más insensible que un oso muerto, sea un apasionado de un animal tan sumamente ñoño? Misterios de la vida.
Sí, reconozco que detesto las comedias románticas y me gustan las películas en las que los protagonistas son horripilantes seres mutantes venidos de otro mundo, con exceso de violencia gratuita y extra de casquería. Pero debajo de este cincelado y petreo pecho, late un corazón lleno de amor... para los conejos. Que aborrezca y haga escarnio de las parejas que se lanzan obscenidades tan deleznables como 'cari', 'corazón', 'mi amor' o 'cielo', no quiere decir que yo mismo no pueda sentir amor hacia otro ser vivo, aunque sea de otra especie.
En fin, que no pude esconder más mi amor por estos seres peludos y me hice con una de ellos. Hace ya varios días que corretea por casa, pero hoy he decidido presentarla en sociedad.
De momento se llama Moka, y que dé gracias, pues mi primera elección, de haber sido 'lapin' y no 'lapine', era llamarla Fitzgerald. Barajo otros nombres, como por ejemplo, el de Lapine, que es coneja en francés, o Salope, que es puta, en francés también. Para un idioma que he estudiado, más vale que le saque partido.
No creo que le importe el cómo la llame, ya que dudo que sepa castellano, mucho menos francés. De momento, voy a dejar una encuestilla para decidir su nombre definitivo, antes de que llegue su primera visita al veterinario para oficializarla e inscribirla, justo en la barra de la derecha.
Ya ha dejado de cagar por toda la casa y vuelve solita a su jaula cuando tiene que hacer sus necesidades. Ha sido fácil. Le he dejado una guía de teléfonos, no para que se la lea, sino para que no me muerda los muebles, y una cajita de cartón con agujeros para su disfrute personal. Más vale que tenga algo para entretenerse, porque había empezado a mordisquearme el ampli y los cables.
Me sigue a todas partes, se encarniza con mis zapatillas y sabe jugar al 'pillao', por lo que deduzco que será un buen animal. Además, cuando la acaricio, me lame la mano. Sí, definitivamente, creo que nos llevaremos bien.
lunes, 14 de abril de 2008
El indigente perruno
Hace un par de meses, me encontraba paseando con mi costilla al amparo de la luna y las farolas, omnipresentes en la siempre excesivamente iluminada noche murciana. Pasear es algo a lo que me estoy aficionando, como en su día me aficioné a los pistachos iraníes o a ir al parque a dar de comer a los patos. Es por estas cosas que algunos piensan que me encuentro peligrosamente cerca de los hábitos de un señor de setenta años. Pero cada uno tiene sus cosillas, que diría aquél, y yo ya voy peinando canas desde hace años, por mucha calidad que atesoren mis botas en los partidos del Trofeo Rector.
El caso es que nos encontrábamos paseando tranquilamente por los jardines de La Flota, cuando cruzando un paso de cebra nos topamos con un perrillo negro que hacía lo propio con el semáforo en verde para personas, que no para cuadrúpedos. Al verlo, no pude más que sonreír y comentarle a mi acompañante "mira que animal más apañao, que cruza la calle por el paso de cebra". Echamos unas risitas, y el animal, que percibió buen rollito, nos siguió a una distancia prudencial desde ese momento.
Continuamos nuestra sosegada travesía con rumbo a mi casa, con el perrillo haciendo la ronda junto a nosotros. Se conoce que el perrillo llevaba un tiempo solo y se notaba que, o bien se había extraviado o bien lo habían abandonado. En cualquier caso, el animal buscaba sentirse parte de una familia, y nosotros hacíamos el camino riendo y hablando en un tono agradable, dirigiéndonos ocasionalmente a él para decirle cosas como "ten cuidado con la carretera, chavalote" o "no te comas la mierda de otros perros, guarrete". En fin, que el bicho llegó con nosotros a la altura del tranvía de Juan Carlos I, y procedimos a cruzar.
El perrillo se quedó rezagado, y siendo como era la avenida, nos preocupamos un poco por el animal al ver que iba a cruzar en rojo alegremente. Nos detuvimos un segundo, con intención de esperarlo. Fue entonces cuando oímos un frenazo y al perrillo ladrar de una manera que nos heló la sangre.
El pobre animal salió corriendo despavorido hacia nosotros, ladrando muy alterado como diciendo "¡Dios mío, ¿por qué a mí?, ¿qué he hecho yo?". A nuestra altura llegó, tembloroso y asustado, pidiendo explicaciones a ladridos, cuando, de repente, lo vimos tambalearse y... se desplomó. Literalmente, lo vimos estirar la pata. Nos quedamos asombrados.
El coche no lo había tocado, pero del susto el animal había sufrido un infarto. Ahí se quedó el bicho, tendido y agonizando. Y nosotros boquiabiertos, sin saber muy bien qué hacer.
Aquí un extracto de la conversación que mantuvimos.
- Llama a la policía - dijo ella.
- Me van a mandar a la mierda - dije yo.
- No sé, me da pena dejarlo así - dijo ella.
- ¿Y qué voy a hacer? ¿Llamar a una ambulancia? ¿A quién se llama cuando a un perro le da un infarto? Si quieres hacerle el boca a hocico... - dije yo.
- Sí, hombre. Antes lo he visto comerse una mierda - dijo ella.
- ¿Sabrías hacerle un masaje cardíaco a un perro? - dije yo.
- Y una paja también, venga hombre - dijo ella.
En esas estábamos, con el móvil en la mano sin saber qué cojones hacer o a quién cojones llamar con un perro moribundo, cuando el animal, cual Jesucristo en una de sus mejores actuaciones en Jerusalén, se reincorporó.
Atónitos nos quedamos.
Nos acercamos al animal, lo miramos detenidamente, y esperamos para ver si se recuperaba. Y efectivamente, el jodido perro negro había resucitado. Tenía lágrimas en los ojos y se había meado encima, pero estaba vivo. Me hace gracia pensar que un par de miles de años antes, unos cuantos fanáticos habrían fundado la Primera Iglesia Perruna del Animal de los Últimos Días, le habrían dedicado cuatro tomos a su obra y milagros, y se le atribuiría la capacidad de mear champán y defecar palomitas de maíz.
En fin, que un ratito después, el perro se puso en pie y volvió a menear el rabo, todavía un poco aturdido. Aún flipando con el desenlace, seguimos nuestro camino, con el perro milagroso siguiéndonos, ahora mucho más de cerca.
Íbamos pendientes de él, en cualquier caso. A veces puedo ser un poco cabrón y reventar ratones contra la pared de una patada, pero, por increíble que parezca, tengo sentimientos.
El perrillo, que debió ser compañero de reparto de Bruce Willis en 'El protegido', se paró un par de veces a vomitar. De su boca salían unas bolas verdes, enormes y gelatinosas, que habrían hecho las delicias de los fanáticos de 'Alien'. Las olisqueaba y seguía su camino. Un milagro más para la Biblia Perruna, más conocida como 'El Ladrido'.
Cruzamos una última calle antes de llegar a mi casa, con el perrillo a cinco centímetros de nuestras piernas. Y al fin, llegamos al portal.
- ¿Qué hacemos? - dijo ella.
- A mi casa no sube. Mi madre me mata. Además, ¿tú has visto lo que le ha salido de la boca? A mí me causa respeto - dije yo.
- ¿Entonces? - dijo ella.
- Nada, como una tirita. Un tirón y listos. No lo mires más, que da penita. Además, mejor aquí, que hay parques y jardines, que en mitad de una autovía para que lo reviente un coche - dije yo.
El perrillo nos miró como diciendo, "bueno, qué, ¿subimos a casa?".
- Fuera bicho, vive tu vida. No te arrimes a las carreteras y corretea por los jardines, que están llenos de gusanitos que tiran los críos y de palomas, que son una fuente de proteínas con plumas - le dije al animal.
Y nos marchamos.
La última vez que lo vimos, nos miraba extrañado desde la calle, mientras la puerta del ascensor se cerraba.
¿Qué habrá sido de él? Lo ignoramos. Pero me temo que sus esperanzas no eran nada halagüeñas. Eso, por supuesto, sin hablar de su escaso instinto de supervivencia. Pero quién sabe, a lo mejor se sacó una tienda de campaña del ojete, acampó junto a la parroquia, invitó al párroco a unos kebabs que también le salieron del orto, el anonadado miembro del clero le tramitó el milagro y lo nombraron Santo. O a lo mejor el chucho sólo tenía lombrices, vete a saber.
viernes, 11 de abril de 2008
Bienvenido, Juan Antonio
Hace tiempo, que lo presenté en sociedad, pero ahora ya es definitivo. Adopté una mascota virtual, ese pato amarillo que come pan y cacahuetes, a la que temporalmente, y a la espera de una idea mejor, llamé Alfred J. Kwak. Cosas de la infancia, ya sabéis.
Ahora que he madurado la idea, creo que ha llegado el momento de bautizarlo. Para ello, he decidido quedarme con el nombre de Juan Antonio. Me parece un nombre muy correcto y punto. Como debe ser.
Al bicho lo podéis ver en la barra lateral, justo debajo de la foto de mi perfil. Sí, esa foto en la que salgo alcoholizado perdido en un albergue de Munich, comiendome una manzana que previamente había robado, en un intento de hacer una foto sugerente que se quedó en eso, en un intento fallido. Llevaba una 'papa' que no veas, y en esos estados toda idea parece buena.
Así pues, Juan Antonio, yo te bautizo en el nombre de Gabri, del Gringo y de un polo que se llama Magnum, Ramén.
viernes, 11 de enero de 2008
La mascota virtual
Hace un tiempo, descubrí las mascotas virtuales navegando por webs estúpidas, como esta misma. Intenté que en Blogoempresa nos colocaran un patito, cuyo nombre era Genaro, pero por lo visto no cuajó bien. Se ve que restaba algo de credibilidad al conjunto, por lo que apenas duró dos telediarios.
Después, repasando capítulos de Enjuto Mojamuto en el tubo, apareció en el episodio número 6 un corte que se titulaba "La mascota". En él aparecía Enjuto sobeteando a un canario que se llamaba Piticli (¡Ay, Piticli, bonico, Piticli ay, Piticli...!), y que tenía "mucho sueño para un pájaro".
A mí me entró otra vez la perra por una mascota virtual, y como ahora no hace falta que mi blog tenga ninguna credibilidad, pues me he animado a ponerme un patito amarillento. De momento, y a falta de una idea mejor, le he puesto de nombre Alfred J. Kwak, como aquel fomoso dibujo animado de mi infancia que vivía con un topo llamado Henk.
Ayer me puse a ver capítulos de Alfred J. Kwak, en alemán para más inri, y me tragué el comienzo de la saga. Cómo se conocieron los padres del patito amarillo, la historia de su amor, su forzosa expropiación a causa del urbanismo desmedido y su desgraciada muerte, además de cómo Henk se hizo cargo de Alfred a partir de este trágico suceso. Todo en los dos primeros capítulos. Inenarrable el momento en que los Kwak fallecen, y con ellos los hermanitos de nuestro plumífero amigo. Terriblemente desgarrador.
En fin, que esta genial serie de producción japo- holandesa trataba temas dramáticos y muy maduros a pesar del público infantil al que se dirigían, como eran la política, el ecologismo, la transición, la corrupción, e incluso, el apartheid. Menudo elenco.
Por ello me he permitido bautizar momentaneamente al pato como Alfred J. Kwak, como un pequeño homenaje para un personaje de ficción que conseguía hacerme llegar corriendo del colegio a la hora de comer para no perderme ni uno solo de sus capítulos. Pero claro, espero que me llegue una buena propuesta para bautizarlo.
Y no, Alfred no vivía en una bota junto a un lago, ese debía de ser otro. Aunque sí que dormía en un zueco de madera de tamaño XXXL.
Por cierto, a los pájaros, si se los sobetea demasiado, se estresan y mueren.

