Cuando camino por la calle, la gente que veo carece de rostro. No, no es una pesadilla, es simplemente que soy incapaz de diferenciar un pepino de un boniato sin haber convivido con ellos previamente durante una semana. Y lo que es peor, después de esa semana, pepino y boniato seguirán siendo para mí dos verduras sin identificar, pues a mi nula capacidad para reconocer caras, se une mi infame memoria para los nombres propios. Es como si, cuando me presentaran a alguien, mi mente sufriera un misterioso apagón que lo dejara todo a oscuras, como cuando pixelan las imágenes de los niños en la tele, y en el momento de ser presentados formalmente, en lugar de un nombre sonara un pitido en mis oídos.
Siempre he creído que esto también le ocurría al resto de la humanidad, pero por lo visto no es así. Lo sé, porque en multitud de ocasiones me cruzo con gente que sabe quién soy yo, pero que para mí resultan absolutos desconocidos. 'Tú eres amigo de tal', 'nos presentó no se quién', 'salimos una noche con X', 'estuvimos toda la noche hablando en algún tugurio infecto', son frases que me repiten con frecuencia. Por lo general, inmediatamente después de ponerme en situación, me recuerdo en aquel sitio hablando con alguien, pero es que aunque hubiera sido el mismísimo Optimus Prime el que me hubiera invitado a un cubata, no habría sido capaz de reconocerlo a la mañana siguiente.
Hay gente que dice que uno no se debe tomar confianzas con otros hasta que hayan 'yacido juntos'. Tengo dudas sobre si aún en este caso, sería capaz de recordar una cara. Quizá sí sus tetas, aunque antes debería volver a verlas.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Ni nombre ni cara
lunes, 14 de enero de 2008
Vertigo Returns
Pues nada, otra vez flipando. Hace ahora cinco días que me levanté y el mundo volvía a dar vueltas completamente revolucionado. Desconozco los motivos, pero siempre cojo las enfermedades más raras. La gente normal se resfría y cosas así, pero yo soy inmune a esos virus corrientillos. Tengo un organismo muy sibarita, que sólo se junta con enfermedades de Manual de Medicina.
Nada más levantarme y comprobar que estar de pie y potar era algo que iba unido, llamé a papá y mamá para comunicarles mi deplorable estado. Rápidamente tuve un médico de urgencia en casa, haciéndome preguntas acerca de mi estado y mis antecedentes. Después de tomarme la tensión y diagnosticarme nuevamente un "ya se te pasará, vuelve a tomarte las pastillas que sabían a orín de mono", el tío se fue a seguir salvando vidas.
No es que me haga especial ilusión que venga un médico a verme a casa, porque tengo la impresión de estar gastando el dinero de los contribuyentes, pero es que no tenía el cuerpo para arrastrarme hasta Urgencias y quedarme tumbado en el suelo para no marearme. Además, llevaba puesto el pijama de gala, que a mí me parece muy apto tanto para recibir visitas médicas como para acudir a una recepción con el Rey.
Así que nada, antes de volver a autodiagnosticarme un tumor cerebral, decidí consultar bien a fondo las páginas de hipocondríacos como yo, tales como Medline. Buscando mi sintomatología exacta, encontré que encajaba bien con la descripción que se daba de la neuronitis vestibular.
Esta enfermedad tan chula, hace que tenga esta bonita sensación de inestabilidad acompañada de la sensación de giro de objetos o vértigos. Ya lo definí yo como la sensación de ir completamente borracho, pero sin tomar ni una sola copa, al menos en cuanto a lo de no tenerse en pie, porque ni me pongo cariñoso ni me entra la risa floja. Parece ser que remite por sí sola, pero te deja KO durante una o dos semanas, incapacitado para todo. También pone que rara vez es recurrente, así que he tenido suerte, porque a mí me ha tocado repetir el viaje.
Lo que más me preocupa de todo esto no es estar tirado en la cama, viendo pasar los días, que a veces con el ritmo de vida que llevamos se agradece hacer el gandul, sino que van pasando los días de enero y yo cada vez veo más cerca el examen de matemáticas. Y la verdad es que me está matando la idea de no poder ponerme a repasar después de la pasta que me estoy gastando en academias.
En fin, espero que esto termine pronto, porque cada día que pasa, más cerca veo el 22 de enero, que es cuando se abre la veda, y más me estreso. Y cuando me estreso me entra una mala hostia...
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Vueltas de campana
Llevo ya unos días conviviendo con una resaca que nunca termina. Hace ahora cosa de diez días, volviendo de Ikea de comprar unos super archivadores en blanco nuclear, empecé a sentirme indispuesto.
La sensación era parecida a cuando me da el amarillote en la playa, cuando la temperatura sobrepasa los 50ºC a la sombra y el asfalto de las calles retorna a su burbujeante estado primigenio. Esos días me baja la tensión una cosa mala y me da vueltas todo. Pero a diferencia de esos días, ahora hace fresquete y no se me pasa la tontuna reposando y comiendo carne cruda.
Al llegar a casa me acosté rápidamente, pensando que quizá se debiera al malestar que causan las lentillas cuando comienzan a cristalizar en el ojo, una vez superadas las ocho horas recomendadas por los oftalmólogos. No sería la primera vez.
Pero por la mañana, lejos de levantarme con aires renovados y fresco como una lechuga, me levanté con un flipe que te cagas. La habitación me daba vueltas, todo daba vueltas. Si no fuera porque sabía de buena tinta que la noche la había pasado en cama, habría jurado que esa misma noche había retado a un mano a mano a Massiel y a varios representantes de José Cuervo. Pero lo más curioso, además de que no fuera esa la causa, es que la cabeza no me dolía ni me sentía desorientado, solamente llevaba un flipe de esos que hacen que la Tierra gire veinte veces más rápido de lo que suele hacerlo habitualmente. Creo que la definición médica es "vértigo".
Tal era el caso, que al levantarme a mear, corría serio peligro de potarme el rabo. En fin, que el día transcurrió conmigo tirado en la cama, hasta que me llevaron al hospital.
Hechas las pruebas, y una vez recuperado de las extracciones de sangre y las pruebas pertinentes, el médico me diagnosticó un "ya se te pasará, tómate esto que sabe a orín de mono cada ocho horas".
Pero la cosa persiste. En cuatro días me quedo sin pastillas y termino el tratamiento, y cada mañana me levanto igual que la anterior. He aprendido a convivir con un mundo que gira mucho más rápido de lo habitual, pero me levanto dando tumbos igualmente. Además, resulta difícil y frustrante luchar contra tu sentido del equilibrio durante todo un día, y por las noches la migraña asoma. Me estoy cansando de acostarme a las diez de la noche, como si tuviera nueve años.
Por si fuera poco, con esto del internet, me entra la paranoia y me pongo a leer cosas que podrían estar ocurriéndome. Estoy a un paso de autodiagnosticarme un tumor cerebral.
¿Qué futuro me espera? ¿Será como aquella vez que tuve hipo durante 48 horas y pensaba que me quedaría así para siempre? ¿Pasaré el resto de mi vida estrellándome contra todo aquello que se aproxime a mí en un radio de dos metros? ¿Qué clase de ponzoña me sirvieron en aquella boda?
