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jueves, 28 de febrero de 2013

Día 2.- Göteborg

Han pasado casi 5 años desde que dejamos la narración de los acontecimientos en el mismo inicio, pero con ayuda de la documentación gráfica obrante en mi poder y el apoyo impagable de la Hemeroteca Samper, me he decidido a terminar este proyecto faraónico, mi Everest.

Como decíamos ayer (guiño), la primera noche en Suecia terminaba con el gracejo natural de un cervatillo mirándonos a los ojos en la inmensidad de la noche.

A la mañana siguiente, sonó el despertador y nos levantamos de los catres como si hubieran venido los Reyes. Nos vestimos con la misma ropa que íbamos a usar durante los 22 días restantes y fuimos a degustar nuestro primer buffet sueco. Previamente, bajamos a recepción para informar de nuestra intención de dejar en mantillas el buffet. Descubrimos entonces que lo que nos habían dejado los Reyes era una rubia de metro ochenta que debía ser hermana de Liza Berggren, prima de Anika Knudsen e hija de una fuente de natillas. Si en ese momento me hubieran amputado un pie, no me hubiera inmutado.

Explicamos a aquella diosa vikinga que queríamos desayunárnosla. Ella nos dijo algo que no entendimos. Nos miramos extrañados y repitió, pausadamente y haciendo el gesto de llevarse un cubierto a la boca: 'Go to eat'. Juro por lo más sagrado que en ese mismo instante casi me corro.

Abandonamos el trance y nos dirigimos nuevamente a la planta de arriba para desayunar. Ante nosotros, en una sala anexa a la cocina, habían dispuesto una mesa central con todo tipo de comida. Embutido, queso, mermelada, mantequilla, cereales, yogur, kéfir, leche, café, zumos, panes de toda clase y condición... Huelga decir que nos pusimos hasta el ojete de todo. Nuestra joven valquiria, mientras tanto, había dejado momentáneamente su Asgard natal, se había arremangado metafóricamente su bikini de conchas y realizaba tareas de desescombro en un attach de aquel comedor. Nos hicimos unos sandwiches con pan de lembas y salimos de allí antes de que nos diera una embolia con aquella muchacha.


Nuestra primera parada del día era el parque del día anterior. El parque de Slottsskogen es en realidad una parte de masa forestal virgen que se ha adaptado en algunas zonas como parque. Tiene unas dimensiones gigantescas, y en ella han habilitado una especie de zoo con focas, alces, cervatillos, pingüinos y un largo etcétera de bichos adaptados al clima. Fuimos encaminados a los pingüinos, ya que Ángel adora a estos animalillos, parando por el camino a ver las focas y adentrándonos en la espesura del parque, donde nos topamos con un riachuelillo y acabamos encontrándonos con los alces y los cervatillos, esta vez en cautividad. Al fin, llegamos a los pingüinos, y esta vez es Ángel el que casi se corre de gusto. Tras verlos chapotear un rato, volvimos a perdernos en la espesura, pero esta vez de vuelta a la civilización.

Nos dirigimos al primer 7eleven que encontramos. Compramos un billete de tranvía de 10 viajes, como nos recomendó nuestro salvador de la noche anterior, y pusimos rumbo al centro. Por el camino, nos llamó la atención que las bicicletas no tuvieran candado alguno en plena calle. Conociendo la idiosincrasia sueca, diría que en Suecia no hay delincuencia, porque no está permitido.

Paseamos por las céntricas calles de Göteborg y las proximidades del estadio Ullevi, donde en otro tiempo a la Selección Española se la follaba hasta Chiquitistán. Nos comimos un heladito de nata y un perrito caliente, y acabamos jugando al fútbol-que-te-pillo en el único cacho de césped artificial que había en Suecia, junto a la Ópera de Göteborg, con unos papeles metidos en una bolsa y atados malamente con un cordel. Fue un día chachi.


Para rematar, pasamos por un Systembolaget y compramos algo de alcohol para sintetizar los carbohidratos y las proteínas de las salchichazas que habíamos comprado para la cena. Para el que no lo sepa, en Suecia el alcohol no es un negocio como tal. Se trata de un mopolio estatal, por lo que sólo es posible comprar alcohol de más de 3,5º en estos Systembolaget, que vienen a ser como las licorerías de vuestros sueños al precio de vuestras pesadillas. Nosotros nos decidimos por unas Kung, Blå Gul y unos ositos, unas cervezas monísimas con osos polares y más grados que Murcia en agosto a las 3 de la tarde. Tiempo después, me enteré de que sólo beben Kung los mariquitas.

Bebimos, nos reímos, criticamos duramente a España, que es algo muy patrio, y salimos nuevamente a investigar al caer la noche, aunque esta vez por zona urbana. Al no estar muy integrados, sólo vimos algunas fiestas en algunos pisos de la zona, y a algún grupo de borrachos castigando el mobiliario urbano. Sí, borrachos muy borrachos a las 10 de la noche, no olvidemos que estamos siguiendo un horario de uso europeo. Podemos concluir que, cuando beben, los suecos tienden a olvidar toda su diplomacia, como todo hijo de vecino, aunque como durante el día el contraste es tan importante, la diferencia se acentúa una barbaridad.

Una noche más, otra experiencia al bote. Cada día, más ciudadano del mundo. A la cama, que mañana se madruga.

miércoles, 23 de abril de 2008

Día 1 -. Murcia - Madrid - Göteborg

Por fin había llegado el día. A las 9 de la mañana teníamos que estar en la sucursal de NATIONAL ATESA, muy cerca de Juan Carlos I, a la altura del Zig Zag, para recoger nuestro vehículo en alquiler y partir rumbo al aeropuerto de Barajas.

Yo me había levantado a las 7 para acicalarme, además de repasar la lista del equipaje para no olvidar nada. La mochila ya la había preparado la noche anterior. Una vez a punto, me puse en marcha hacia el lugar de la cita.

Para no romper la magia, llegué cinco minutos tarde. El día comenzaba con una finísima llovizna, pero las previsiones indicaban un solazo del copón. Nosotros habíamos reservado un C2 por unos 55 €, un coche más bien justo para tres hombres medio hechos y algo inclinados, pero al llegar al mostrador se nos anunciaba que, sin coste adicional, nos harían entrega de un C3. We have a good karma, my friend.

Salimos rumbo a Madrid, un viaje sin incidentes, frotándonos las manos pensando en todo lo que teníamos por delante. Pero al llegar a Barajas, nos dimos cuenta de algo. ¡Maldita sea!

Nos habíamos olvidado de llenar el depósito antes de devolver el coche. Esto suponía un pequeño recargo adicional, como nos explicaron en el mostrador de la compañía. Nos daba tiempo a ir a buscar una gasolinera, pero pensamos que lo más probable es que nos perdiéramos para siempre y no volviéramos a aparecer nunca más, así que preferimos aflojar la pasta y comenzar la aventura sin mayores contratiempos. Total, que el coche nos salió por 35 € por barba al final. Dentro de lo previsto.

Una vez en el aeropuerto, cogimos un carrito y paseamos buscando nuestro mostrador de facturación. Por supuesto, éramos los primeros en llegar, con más de dos horas de antelación. Tras una pequeña espera, facturamos y nos dispusimos a comer algo. Un pequeño tentempié a base de bocatas de jamón serrano y tortilla de patatas, propiedad de Friscar, que amablemente repartió entre los asistentes cual Jesucristo en la Última Cena.



Pasamos a la zona de embarque, nos informamos de nuestra puerta, y comenzaron las dudas. Resulta que existe una zona para los que viajan a países de la UE y otra para los que lo hacen fuera de ésta. Nuestra puerta, estaba en la segunda, y el guardia de control de accesos nos dijo que una vez que saliéramos de territorio europeo, ya no podríamos entrar. Decidimos esperar hasta veinte minutos antes para ver qué puerta nos había tocado en gracia, ya que todo podía cambiar en cualquier instante. En ese momento, no teníamos muy claro si acabaríamos en Suecia o en Haití. Al final, aunque tuvimos que abandonar la seguridad de la UE para embarcar, todo salió bien y el vuelo de Ryanair zarpó con nosotros y nuestro equipaje en su barriga.

Al llegar a Göteborg, cogimos el Flybussarna, el servicio de autobuses que te lleva hasta la civilización, por unas 50 coronas, al cambio aproximadamente unos 5 €. Como no podía ser de otro modo, unos estudiantes españoles de Erasmus en Borås nos acompañaban, lo que sería una constante durante todo el viaje.

Y al fin, llegamos a nuestro destino, la Nils Ericssonterminalen. Nos habíamos plantado en Göteborg, en la estación de autobuses y trenes, pero aún quedaba lo más difícil. No teníamos ni repajolera idea de cómo llegar a nuestro albergue, el Slottsskogen Vadrarhem. Sólo sabíamos que se encontraba en Vegagatan 21, junto al parque, pero eran las 10 de la noche y no teníamos mapa. Las mochilas, por supuesto, pesaban un cojón, y Göteborg era lo suficientemente grande y oscuro como para acabar durmiendo en un cajero, después de doblarnos la espalda bajo el peso de 23 días de comida y ropa limpia.

Preguntamos al primer sueco que vimos. El hombre, que iba con su mujer y un carrito con hijo, se quedó un poco pensativo y nos espetó un "Follow me". El pavo salió corriendo hacia la parada del tranvía, que ya se acercaba, y dejó atrás a su esposa e hijo. Por un momento, pensé que iba a abandonarlos para embarcarse junto a nosotros en la aventura, pero no. La mujer le dio alcance, a pesar de ir con muletas y arrastrando un carrito.

Nos subimos con ellos en el tranvía de la línea 6, dirección Kortedala y fui a pagar los billetes a una maquinita que había dentro del vagón. Intenté meter un billete gordo de rupias suecas, que era lo único que llevábamos, pero aquello no rulaba. El sueco me explicó que el cacharro sólo iba con monedas, y que había que echarle 20 coronas para que te diera el papelito con la conformidad, pero que salía más a cuenta comprar un bono de diez viajes en un 7eleven. Acto seguido, introdujo su bono tres veces para pagarnos el viaje. "I have saved you again". Pues ya ves, chavalote.

Durante el trayecto, nos comentó unas cuantas cosas sobre Göteborg. Nos indicó dónde podríamos comer, desayunar o comprar, nos recomendó bares y pubs a los que ir... un encanto de persona. Al fin, llegamos a nuestra parada, la de Olivedalsgatan. El sueco nos dijo que bajáramos con él. Nos llevó hasta la puerta del albergue y nos explicó que él vivía cerca. Nos despedimos de él, agradeciéndole de corazón todo lo que había hecho, y maravillándonos por la hospitalidad de aquella gente. Que Dios lo tenga en su gloria por muchos años.

Íbamos pensando que, de haber ocurrido en España, el pobre Sven seguramente hubiera sido robado, apaleado y violado. Pensábamos en todos aquellos garrulillos que habíamos dejado atrás, de las poblaciones circundantes a la huerta, en las que uno al solicitar ayuda en la lengua de Shakespeare es probable que reciba por respuesta algo como "¡Achoooo, pero que m' ehtáh contando!", ocasionalmente acompañados de un par de mecos, sólo por el hecho de ser guiri.

Una vez sanos y salvos en el albergue, nos recibió un pelirrojo. Nos hizo entrega de las llaves de nuestra habitación y nos rebajó un 15% por ser miembros de HI, por lo que se nos quedó el asunto en 21 euros por día con desayuno. El carnet de Alberguista Internacional, que costó 6 €, se rentabilizaría solo en apenas tres días. Nosotros habíamos reservado en una habitación común, suponíamos que un barracón mugriento con trescientos catres en los que le hueles los pies al de al lado y cinco personas te roncan en la oreja. Por disponibilidad y buen corazón, nos dieron sin coste adicional una habitación para los tres solicos, con tele, grifo para la colada y el Barça-Sevilla de 'la Liga', comentado por Erik Gunnar Sorensen y Karl Andersson. Encantados estábamos.

Montamos el chiringuito, comimos algo suave en un impresionante saloncito con cocina atestado de viajeros y salimos a dar una vuelta por el parque cercano.

Paseamos un poco por Slottsskogen, que más que parque era un trozo de naturaleza en mitad de la ciudad. Kilómetros de césped tupido, frondosos árboles, riachuelos, lagos, cataratas, carriles bici... y a lo lejos, una sorpresa de bienvenida. Divisamos un cervatillo. Lo miramos, nos miró, y casi nos echamos a llorar. Éramos muy felices.

Esa noche, volvimos pronto a dormir. Con una sonrisa de oreja a oreja nos marchamos a la cama. Entre la batalla de ronquidos que se habían montado estos dos, yo sólo pensaba en cuánto podría costarme comprar una casa allí.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Interrail 2007: El nacimiento de la criatura

Ya hace un tiempo que regresamos de patear Europa, y considero que va siendo hora de relatar toda la verdad sobre lo que allí aconteció. Sobre todo teniendo en cuenta que mi primo ya ha terminado de relatar la experiencia desde su prisma y ya puedo rememorar con mayor nitidez algunos pasajes turbios en mi mente.

Cuando regresé de visitar a Alberto en Suecia, tanto anfitrión como invitados adquirimos el compromiso y el convencimiento de que aquella experiencia debiera repetirse en el futuro. Como decían en 'South Park: The Film', "más grande, más largo y sin cortes". Ya habrá tiempo de relatar aquí aquellos maravillosos días en tierra de tremendísimas rubias en bici, pero en esta ocasión empezaré por el final.

La idea fue tomando forma poco a poco, y acordamos realizar un Interrail. Una experiencia de varias semanas, con mochila al hombro y recursos limitados, que hacen a la gente cambiar toda su visión del mundo que le rodea. Pero las bajas en el seno del grupo se iban produciendo.

Al final, de los integrantes originales de la expedición Svensk Rätt, yo era el único superviviente. En cualquier caso, no resultó nada difícil convercer a mi primo Fris, que recibió la idea con calidez e ilusión. La baja de ultimísima hora de Ra pesaba como una losa, que dicen las malas lenguas que cambió un viaje de un mes por Europa por una bici, pero su hueco fue muy bien cubierto por un atento 'Trípode', que en el futuro realizaría una gran labor como intérprete. Así pues, el Bird Command quedaba formado y listo para la batalla.

Las plazas estaban cubiertas, los preparativos realizados y el plan dispuesto. A pesar de que en algunos foros de discusión decían que había que dejarse llevar por la improvisación, nosotros preferimos llevarlo casi todo atado para ahorrar unos dineros y no tener que dormir a la intemperie. Con las reservas, sabíamos más o menos, lo que queríamos hacer y dónde estaríamos en cada momento, al menos en teoría, pues ya se sabe que lejos de casa uno nunca puede preveer de qué lado soplará el viento. En cualquier caso, dejamos cierto margen a la imaginación, ya que siempre podríamos anular la reserva hecha con antelación sin coste alguno.

La idea, en principio, nos llevaría a recorrer Göteborg y Malmö en Suecia, Copenhague en Dinamarca, Berlin y Köln en una primera incursión alemana, Amsterdam y Rotterdam en Holanda, Brujas en Bélgica, y Munich, Triberg y Frankfurt en la segunda vuelta teutona. Al menos ese era el plan inicial y las ciudades en las que teníamos 'reservas hechas'.

El 22 de septiembre fue el día elegido para partir, y el 14 de octubre, después de una ampliación, el día de vuelta. Habíamos pillado una super oferta de Ryanair, por la que el viaje de ida y vuelta nos salió a 45 € con tasas, impuestos y equipaje inclusive, pero tras ampliar unos días el asunto se quedó en 75 € en total.

Habíamos acordado, tras un riguroso estudio, que el presupuesto inicial sería de 1200 € aproximadamente, lo que nos daba un margen de maniobra de 45 € diarios de máximo, que nos pareció suficiente para beber, comer y fol... esteeee... dormir SOLOS en literas rancias de albergues juveniles.

Así que nada, tocaba hacer números. Nos hicimos con 100 € en coronas suecas por barba. El resto lo repartimos entre una cuenta conjunta abierta para la ocasión en la que cada uno aportó 600 €, y el dinerito en metálico que cada uno llevaría encima para sus cosas.

Como salíamos desde el aeropuerto de Barajas, ya que por aquel entonces no había vuelos para Suecia ni desde Alicante ni desde Valencia, mucho menos desde San Javier, acordamos iniciar el operativo con un coche de alquiler para desplazarnos hasta la terminal.

Los días fueron pasando. La primavera dio paso al verano, y el verano trajo consigo los exámenes de septiembre. Los aprobados pertinentes nos permitieron partir con la sensación del deber cumplido. La semana previa, nos reuníamos en la piscina de Ángel para poner a prueba nuestros conocimientos de sueco, inglés y alemán, y observar de primera mano el cuerpo escombro que nos había dejado el paso de los años y una mala alimentación a base de cerveza y Doritos Tex-Mex. Yo no me veía tan mal desde aquel verano que pasé currando en la cantina de la piscina de El Palmar atiborrándome de granizados y sandwiches de atún y mayonesa.

El 22 S estaba cerca. La noche del 21 me sé de tres que durmieron muy poco. Dos de ellos, por los nervios del viaje. El tercero por la incertidumbre de no saber si a la vuelta seguiría teniendo pareja.

Ya no había vuelta atrás. El mineralismo iba a llegar.