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jueves, 28 de febrero de 2013

El proyecto España ha fracasado

El proyecto de nación que era España ha fracasado. No es una sensación, ni siquiera algo que flote en el aire. Es ya algo palpable, tangible, como los pechos de Anna Simon. Es algo que ya no es posible negar.

Empiezo por el final, porque me parece que es importante. Porque partiendo del todo puedo ir detallando los motivos que me han hecho llegar a esta conclusión. Ahora es cuando viene el ladrillo histórico, poneos cómodos.

Hace ya muchos años, España era un compendio de identidades inconexas. Por mucho que los libros de historia se empeñen en conectar estas identidades a través de la definición de pueblos hispánicos, lo único que unía a bastetanos, lusitanos, vascones o carpetanos era que vivían todos dentro de la misma península, rodeados de agua por todas partes salvo por unos montañones tremendos en los Pirineos. Por aquellos días, no existían administraciones que organizaran territorio alguno, y la mayor preocupación era que el vecino no se follara tus mazorcas ni se comiera tus cabras, y viceversa.

La vida transcurría en este día a día de supervivencia, hasta que llegaron los romanos. Lo que encontraron fue un compendio de pueblos aguerridos, pero desorganizados, que resultó relativamente fácil someter a romanización. Y así nació la Hispania romana.

Con el desmoronamiento de Roma, la península es tomada por los bizantinos, que aguantaron con la organización creada por los romanos hasta que llegaron los musulmanes y salieron por piernas. Y una vez más, dominio externo hasta la Reconquista, un periodo de, ojo al dato, 700 años, en el que coincide la decadencia de Al-Andalus con la presión paulatina de los crecientes Reinos recién creados en el norte de la península. En aquella época debía lucharse con canutos y granos de arroz, porque 700 años para dominar un territorio que otros tomaron en un plis, era canela fina. Esto explica muy bien a qué me refiero con 'pueblos desorganizados e inconexos'.

En este periodo se fraguaron las fusiones de Reinos, hasta que, hace unos 500 años, se conforma algo parecido a la España actual. Llegó el imperialismo, la sucesión de reyes y, finalmente, un rey italiano que nos tocó en la tómbola, Amadeo I, con el que ya dijimos 'no way' y el chiringuito monárquico llegó a su fin.

La República se instauró en España en 1873, aunque no duró ni dos años. Una pena. La España de entonces no estaba preparada para poder tomar decisiones, y aquello fue un caos organizativo absoluto, aunque el proyecto emprendido y las ideas eran realmente ilusionantes, incluso más progresistas que las que hoy nos rigen.

Vuelta a la monarquía tras un Golpe de Estado, otro Borbón francés que nos trajeron, y hasta 1931, en que otro Golpe de Estado lo hizo salir por patas, no tuvimos otra soberanía popular, a través de la II República.

La II República fue aún más radical, y tocó muchas cosas que gustaron a algunos, como los privilegios de la   Iglesia y otros 'lobbies' nada dispuestos a perder su estatus. Una vez más, el proyecto resultaba ilusionante y repleto de ideas progresistas, pero a la caverna no le gustaban los cambios, y llegó la Guerra Civil.

La dictadura duró 40 años, hasta que el gallego dijo de morirse. En la posguerra se hizo famosa la represión. Todos hemos oído hablar del 'paseíllo'. Una llamada a la puerta a altas horas de la noche en la que unos agentes te invitaban a dar un 'paseíllo' con ellos. El acompañante no volvía a aparecer por casa, y si lo hacía, era con un tiro en la cabeza, tirado en una cuneta o junto a una tapia. Esto duró algunos años, luego se modificó el sistema por una prisión preventiva para cualquier voz discrepante para con el Régimen. Pura delicia. En realidad, la Guerra Civil no terminó hasta el 20 de noviembre de 1975.

De este sistema caciquil instaurado en la dictadura heredamos una 'democracia'. Y hay que decirlo entrecomillado, sí. Muchos de los ministros de Franco se presentaron a las elecciones, y algunos fueron elegidos. En realidad, la cosa no cambiaba demasiado en cuanto a la organización, ya que al final mandaban los mismos, pero ahora se les elegía cada cierto tiempo. De aquellos barros, estos lodos. El sistema era corrupto en sus inicios, pues heredaba toda la infraestructura caciquista del franquismo, su opacidad y su falta de transparencia. El pueblo, que no estaba acostumbrado a meterse en asuntos de Estado, tampoco estaba preparado para un cambio real. Podríamos decir que la corrupción siempre ha existido en España, pero hasta ahora no nos habíamos dado cuenta por ser unos demócratas demasiado inmaduros.

Ahora, después de pasar toda nuestra historia luchando en guerras de otros y contra nosotros mismos, nos dicen que España se rompe. Pero, ¿qué es España? España fue siempre un proyecto que nunca llegó a cristalizar. España es un proyecto ideado por otros, para el cual nunca nos pidieron opinión. Y cuando tuvimos voz para decir qué queríamos de España, otros se encargaron de decirnos que 'eso, ni de coña'.

El resultado de excluir a los ciudadanos del proyecto es la desafección. A los símbolos, al sistema, a todo. No son sólo las tensiones en Euskadi o en Catalunya. Ya no se trata únicamente de que el proyecto fuera impuesto y se olvidara de la integración de las diversas identidades, cosa de la que también adoleció. La tensión ya se palpa en cualquier rincón de este proyecto de país. Los que nacimos en democracia, nos hemos educado libres e informados, y ahora somos demócratas adultos. Queremos saber, queremos participar, conocemos otras formas de hacer las cosas, y nos rebelamos contra un sistema que ignora nuestras voces continuamente.

Por eso, hoy el proyecto que era España ha fracasado, porque nunca fue nuestro proyecto. La única posibilidad para este proyecto es su desaparición. La única posibilidad es empezar de cero, iniciar un nuevo proyecto, reescrito por completo. Un nuevo sistema, una nueva estructura, una nueva organización. Empezando por una nueva Constitución, pero esta vez, elegida por unos ciudadanos adultos e informados. Queremos que nuestra voz sea la única que se escuche.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Ni nombre ni cara

Cuando camino por la calle, la gente que veo carece de rostro. No, no es una pesadilla, es simplemente que soy incapaz de diferenciar un pepino de un boniato sin haber convivido con ellos previamente durante una semana. Y lo que es peor, después de esa semana, pepino y boniato seguirán siendo para mí dos verduras sin identificar, pues a mi nula capacidad para reconocer caras, se une mi infame memoria para los nombres propios. Es como si, cuando me presentaran a alguien, mi mente sufriera un misterioso apagón que lo dejara todo a oscuras, como cuando pixelan las imágenes de los niños en la tele, y en el momento de ser presentados formalmente, en lugar de un nombre sonara un pitido en mis oídos.

Siempre he creído que esto también le ocurría al resto de la humanidad, pero por lo visto no es así. Lo sé, porque en multitud de ocasiones me cruzo con gente que sabe quién soy yo, pero que para mí resultan absolutos desconocidos. 'Tú eres amigo de tal', 'nos presentó no se quién', 'salimos una noche con X', 'estuvimos toda la noche hablando en algún tugurio infecto', son frases que me repiten con frecuencia. Por lo general, inmediatamente después de ponerme en situación, me recuerdo en aquel sitio hablando con alguien, pero es que aunque hubiera sido el mismísimo Optimus Prime el que me hubiera invitado a un cubata, no habría sido capaz de reconocerlo a la mañana siguiente.

Hay gente que dice que uno no se debe tomar confianzas con otros hasta que hayan 'yacido juntos'. Tengo dudas sobre si aún en este caso, sería capaz de recordar una cara. Quizá sí sus tetas, aunque antes debería volver a verlas.


Durante un tiempo dudé sobre si sufriría algún tipo de prosopagnosia, pero no puede ser. Reconozco a la persona que hay al otro lado del espejo y, con el tiempo, soy capaz de recordar a personas que días antes aparecían en mi mente como manchas borrosas. Pero no dudo de que mucho antes que de su cara, me acordaría de sus tetas.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Plaza de la Universidad

A quien pueda y deba interesar:


Estimados administradores,

Mi nombre es Pablo, y soy ciudadano español, nacido, crecido, educado y actualmente residente en Murcia, nuestra ciudad.

El motivo de mi carta es tan sencillo, tan mundano y tan sumamente cotidiano que ya de entrada tengo la impresión de que acabará en la papelera antes incluso de ser leída por completo. Como he mencionado, he nacido y crecido en esta ciudad, y en ella, sin duda, se han producido múltiples cambios. Muchos de ellos para bien, pero algunos otros digamos que, cuanto menos, han sido deficientes.

Uno de estos malogrados experimentos, del que quiero hablar, es el atentado arquitectónico que se ha cometido en la plaza de la Universidad. En un intento por alejar a los jóvenes sedientos de consumir alcohol en la vía pública, reunidos y localizados en esta plaza, se llevó a cabo una aberrante obra, que a día de hoy, me sigue pareciendo impropia de la gestión pública. Se eliminó una zona ajardinada y se dio paso al hormigón, pero es que además se malogró la bella postal que se disfrutaba desde la plaza, con una visión panorámica de la fachada de la Merced, colocando una suerte de mamotreto de pilares rojos, ignoro su finalidad, que hace de esta plaza un auténtico espanto, tanto para el visitante ocasional como para los propios residentes.

No sé qué pudo ocurrir, pero sí sé qué tan sencillo resultaría recuperar esta plaza, con un alto valor para la vida pública, que no dudo recuperaría su espíritu con la eliminación de este obstáculo visual y la instalación de una sencilla superficie de césped artificial. Ya he visto el resultado de una sencilla capa verde artificial, como frente a la Ópera de Göteborg o la propia de Oslo, y la estampa revitaliza el espíritu. Yo mismo estudié la posibilidad de abrir un negocio en esta plaza murciana, un establecimiento que huía del ocio nocturno y apostaba por la cultura y las sanas costumbres para añadir una alternativa diurna al concepto de 'bar' actual, pero deseché la idea por lo que ya he comentado anteriormente.

Por favor, intenten hacer llegar esta idea a quien corresponda. Creo que los murcianos se merecen espacios como el que yo les propongo, y no dudo de que ayudaría tanto a la buena imagen turística de la capital como a la revalorización de la zona.

Un afectuoso saludo,

Pablo

miércoles, 17 de marzo de 2010

La puta subida del IVA

Intentaba explicárselo ayer a un amigo, pero parece que nadie quiere entender.

Fuimos al McDonald's e intenté explicarle que si acababa de pagar 5'70 € por el menú, la subida del IVA, del 7 al 8% en este caso concreto, le habría supuesto pagar 5'75 €. Cinco céntimos. ¿Eso reduce el consumo? Por favor, ¿vas a dejar de ir a comerte una hamburguesa por 5 céntimos? Ni siquiera cambias de supermercado por 10 céntimos de diferencia en el precio. Te he visto lanzar esos 5 cochinos céntimos hacia el infinito en una noche oscura.

La subida apenas se va a notar nada, ya que hablamos de que el 50% de los productos no van a modificar su IVA. Los productos que son de primera necesidad, como la alimentación y su 4% superreducido, van a seguir igual, y el resto va a suponer una nimiedad para que este país pueda seguir considerándose un Estado del Bienestar, o más bien aspirar a serlo.

Con nuestros impuestos se paga la Sanidad, la Educación, las infraestructuras, los servicios públicos, etc. No podemos pedir que todo eso mejore pagando menos, aunque sí es verdad que debería gestionarse mejor, que para eso tienen el principio de 'economía, eficacia y eficiencia'. Pero... ¿alguno de vosotros tiene la más mínima idea de lo que recogen los presupuestos de su propio Ayuntamiento? Hagamos un pequeño ejercicio de autocrítica. Ahí es donde podréis comprobar si vuestro alcalde es un ladrón y un inútil, o por el contrario es un tío responsable y cabal. Que no te engañe su discursito populista, demagogo y vacío. Por lo general, la culpa no la tienen otros.

Y digo más. ¿Quién se lee los programas electorales antes de votar? Sabes la respuesta. Nadie.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Plantación de lentejas. Día 0

Vapuleado por la última hornada de exámenes, he querido dar un poco de color a mi triste existencia.


Me he propuesto adquirir unas cuantas obras de arte, todas ellas pop art, para decorar las paredes de mi apartamento. Empezaré por un par de creaciones warholianas: concretamente, la banana más famosa del mundo y la sopa de tomate Campbell's. Además, para darle más vidilla al salón, había pensado en hacerme con la chica del lazo en el pelo, de Roy Lichtenstein.

Y como hobby, me he decidido a plantar lentejas.

De todos es conocida la verdefilia/hidrofilia latente en los españoles que habitamos la zona sur de España. Ante la frondosidad de los bosques y la claridad de los ríos en los paisajes norteños, se nos ilumina la mirada y abrimos la boca con gesto de asombro, como niños ante una tienda de juguetes. Particularmente, también comparto esta filia con mis paisanos levantinos, y disfruto viendo como la naturaleza lo envuelve todo con un radiante y luminoso manto verde.

Pero nos ha tocado vivir en un marco bastante árido, y ver crecer cosas, no digamos ya cosas verdes, no es algo habitual. Cuando llueve durante un par de días y aparece una fina capa de musgo en la tierra de los jardines, debo reconocer que me excito.

Sin embargo, la vida surge hasta en los lugares más insospechados, y es capaz de brotar de un simple algodón húmedo en un tarro, y con inusitada virulencia. ¿Lentejas mágicas? No. Simplemente lentejas.

Y hete aquí mi nuevo entretenimiento. Observar cómo crecen las lentejas.

Diariamente iré colgando la evolución de mis lentejitas. Cuando ya sean adultas y tengan sus patitas, las trasplantaré a una maceta de Ikea que ha quedado libre. Por supuesto, no pretendo alimentarme de ellas. Soy incapaz de comerme cosas que he cuidado con esmero. Pero quizá la coneja sí que vaya dando cuenta de mi buen hacer como agricultor amateur.

Comienza ahora el experimento que casi todos los niños han realizado alguna vez, con la salvedad de que este niño va camino de los 30 años y no piensa dejar que su creación se pudra y se marchite en una semana.

Bienvenidos a FarmVille 3.0.

viernes, 18 de diciembre de 2009

¿Cómo ser Indie?

No hay menos 'alternativo' que querer ser como los demás.



domingo, 22 de noviembre de 2009

Adiós piercing

La trágica pérdida del pelazo del Chexpi me ha hecho pensar.

Hace un porrón de años, ni recuerdo cuántos, en un claro arrebato juvenil, decidí que me haría un piercing. He aquí un rebelde conformista.

Podría haberme hecho un tatuaje, pero las agujas me aterran, y a la larga sabía que volvería al redil. No, tatuarse la piel con agujas no tiene vuelta atrás, y lo que hoy es un bonito dibujo en una piel joven y tersa, mañana será un manchurrón verdoso en una piel fláccida y añeja. A ver cómo le explicas eso a tus hijos, para qué hablar de tus nietos.

Me decidí por un piercing por ser algo de lo que uno puede arrepentirse. En la oreja me parecía una mariconada, en el labio y en la lengua no lo vi nada práctico, en la tetilla me pareció inútil y en el prepucio me pareció una mierda muy chunga. En realidad en el prepucio ni siquiera me lo llegué a plantear, pero por cosas así es que pienso que el mundo tarde o temprano se irá a la mierda.

Mi decisión final era sencilla. En la ceja. Además, estéticamente me agradaba.

Como mi espíritu transgresor no consiguió vencer a mi sentido común, en lugar de acudir a un garito de éstos en los que un tipo llamado Serpiente, con más dibujos en su cuerpo que un comic de Naruto y ataviado con un chaleco de cuero sin mangas, te mete una aguja en la piel sin más miramientos y tras invitarte a par de tragos de bourbon al ritmo que marcan los 'acordes' de Mayhem, opté por acudir a un ATS.

Sí, me rebelé contra el mundo en la consulta privada de un practicante, en su chalet residencial y bajo anestesia local.

Al principio, la gente me preguntaba si me dolía y yo decía que no. Ahora, la gente me sigue preguntando si me duele, y yo los miro sin saber a qué se refieren. Lo he llevado tantos años, que me he olvidado de que existe. A decir verdad, me acuerdo de él cuando la peluquera me pega un tirón con el peine, cuando me lo engancho con la esponja en la ducha o cuando me llevo un pelotazo en la cara jugando al fútbol. Pero para mí, el resto del tiempo, hasta cuando me miro al espejo, es invisible.

No sé, debe ser que ya no me queda mucho de inconformista. Ya no me siento nada transgresor. Creo que su tiempo ha terminado. Algunos ni siquiera me conocen sin él, pero puedo asegurar que en el fondo fui, soy y seré siempre la misma persona.