¡Por fin! Hoy es un gran día.
Estamos en semifinales, algo que no pasaba desde 1984. ¡No ha llovido nada desde entonces! Vale, yo ya había nacido, pero con dos añitos recién cumplidos no creas que lo disfruté o que lo recuerdo con claridad. Por el amor de Christoph Metzelder, si encima sufrimos una derrota triste contra 'el Once del Gallo' en la final, con cantada de Arconada en respuesta a una falta blandita lanzada por Platini, ¿qué hay de bueno para recordar?
Italia cayó anoche de una de las maneras más dolorosas, en los penalties. Cierto es que yo hubiera preferido ganar a la italiana, es decir, empatando el partido en el minuto 90+2 con un gol de Del Piero en propia puerta y llevándonos el partido con un penalty inexistente en el 120 de la prórroga. Pero el final de anoche no estuvo nada mal.
Ahora, tenemos a Rusia, con su recuperado Arshavin, que nada tiene que ver con la del 4-1 del primer día.
Yo ya estoy buscando la manera de llegar a Viena el próximo 29 para el España-Alemania. No voy a esperar otros 24 años para ver una final.
lunes, 23 de junio de 2008
¡Adiós a los cuartos!
jueves, 19 de junio de 2008
À corps perdu
Es evidente, el calor y los exámenes me están afectando. Me estoy encontrando con mi lado más sensible, y mira que es difícil encontrarse con algo que a ratos parece que no existe.
He decidido romper mi silencio, y para ello he optado por las opción más ñoña que tenía a mano. Tantas cosas para contar, y elijo precisamente la que puede poner en duda mi virilidad. En fin.
No es ningún secreto que en mi casa disfruto de artistas franceses de lo más variopinto. Cada uno tiene sus gustos, y a mí me gusta sentirme un ciudadano del mundo escuchando vocalistas en otras lenguas, especialmente si son franceses.
En una de mis múltiples incursiones en la cultura musical francófona, descubrí por casualidad a Grégory Lemarchal. Por aquel entonces, yo mantenía un pequeño idilio melódico con la ahora Primera Dama francesa, Carla Bruni, mucho tiempo antes, incluso, de que el Sr Sarkozy osara posar sus pezuñas sobre ella. Era algo platónico, puro. Conseguía conmoverme con el cálido abrazo de su voz.
El nombre de este chico, de trágica historia, apareció por casualidad en un foro. Su música consiguió emocionarme. Con el tiempo fui olvidándome de él, como suele suceder con casi toda la música que cae en nuestras manos, hasta ayer. Por casualidad, mientras mi hermana veía OT, oí el título de una canción de Grégory Lemarchal, y a un payo con una pinta de julandrón que te cagas decir que este chico había muerto.
¿Qué? ¿Cómo? ¡Pero si tenía 23 años! ¿Qué le habría pasado? Y me puse un poco al día.
El muchacho se dio a conocer gracias a un programa francés de la Tf1, llamado Star Academy, que no es ni más ni menos que el Operación Triunfo galo. Tenía una enfermedad degenerativa, fibrosis quística, y estaba bastante chungo, pero cantaba como los ángeles. Por lo visto, el chico estaba mucho peor de lo que parecía, y en cada gala del programa se le veía empeorar. En el programa francés arrasó, y pronto estuvo grabando discos y cosechando numerosos éxitos.
Al final, en abril del pasado año 2007, después de sólo tres años de su salto a la fama en 2004 con Star Academy, a la tierna edad de 23 primaveras vistas, falleció a causa de su larga enfermedad.
No sé que me emociona más, si sus canciones o el hecho de que haya muerto una de las mejores voces que ha dado Francia, con toda la vida por delante y de manera tan triste.
Quizá exagero.
Quería hacerle un pequeño homenaje, para dar a conocer su obra, que no es muy extensa desgraciadamente, pero tiene un gran significado. La lucha contra la adversidad y el afán de superación personal.
Para todos aquellos que de francés andas escasos, voy a destacar tan solo una frase de la siguiente canción.
"Et si ma vie n'est qu'une cause perdue,
je partirai libre d'y avoir au moins cru."
Que traducido vendría a decir,
"Y si mi vida no es más que una causa perdida,
partiré libre al menos habiendo creído."
Para alguien que ve como la vida se le escapa de las manos lentamente, escribir algo así debe ser casi tan trágico como para los demás escucharlo de su propia voz . Ahora que su voz se ha apagado, si es que yo me equivocara y existiera un Dios, espero que éste lo acoja con cariño.
jueves, 8 de mayo de 2008
Mirando atrás
Hace unos días que el verano avisa de su llegada. Para mí, son unos días difíciles, porque no soy precisamente un amante del calor. Mi piel se torna rojiza al más mínimo contacto con los rayos del sol. Como otros años, me he vuelto a quemar cara, cuello y brazos en cuanto la temperatura ha pasado de 20ºC. No es de extrañar que, en mis primeros días de playa, la gente aparte la mirada al verme llegar. No porque dé asco, que bien podría ser, sino porque mi piel es de un blanco nuclear que refleja la luz cual espejo.
El caso es que, en previsión de males mayores, decidí visitar hace poco la playa para intentar coger algo de color de cara al auténtico verano. Una misión harto complicada, teniendo en cuenta que mi lechosidad no se atenúa con la exposición al sol, sino que más bien se enmascara bajo un enrojecimiento gambitero que retorna a su estado natural tras la despellejación post insolatio. Mis mejores amigos en verano son, por este orden, un bote de protector solar factor 25, una sombrilla de ala ancha y unas gafas de sol que permitan mirar chanitas en topless sin ser visto.
La incursión resultó un fracaso, pues el tiempo no acompañó como esperábamos, pero los días que pasé en Santiago de la Ribera, en la casa de mis abuelos maternos, me hicieron recordar tiempos mejores. Tiempos en los que la vida era mucho más sencilla y mi única preocupación era cazar saltamontes.
Los primeros recuerdos que tengo de mi infancia en la playa, transcurren en esa casa. Era habitual que mi hermana y yo pasáramos un tiempo en casa de mis abuelos junto a mi madre. Mi padre no cogía casi vacaciones por entonces, pero venía de vez en cuando. A veces, incluso, los niños nos quedábamos con mis abuelos y nos repartíamos para dormir por toda la casa. Teniendo en cuenta que mi madre tiene ocho hermanos y mis abuelos maternos en aquellos días contaban unos veinte nietos, ahora me parece toda una hazaña. Para hacer honor a la verdad, dos de mis tíos tenían una casa en la Torre de la Horadada, otro en la Ciudad del Aire y uno vivía en Marbella, así que sus hijos no contaban para el cómputo global.
Aquellos días de verano se repetían como los cromos de Panini.
Mi abuelo, que era Capitán del Ejército del Aire, tocaba diana a eso de las 9'00. La señal de que iba siendo hora de levantarse era el olor a café recién hecho. En algunas ocasiones, mi abuelo me hacía para desayunar un ponche de huevo, además de las pertinentes galletas de María Fontaneda y las tostadas con mermelada.
Mientras los mayores se acicalaban, yo me afanaba en hacer mis deberes del verano. Estaba convencido de que mi profesor, el señor Don Juan, iba a corregirlos a la vuelta. Bendita inocencia.
Unas veces bajábamos con mis abuelos a la playa de la Ribera, junto a la Base, y otras íbamos con mi padre a la Torre. La segunda opción era mucho más productiva a los ojos de un infante. Mis primos mayores cazaban pulpos, y los pequeños nos entreteníamos luchando a brazo partido con las olas o saltando desde un improvisado trampolín en unas rocas cercanas. A veces, hacíamos acopio de cangrejos ermitaños. Es increíble, pero a un cangrejo de éstos, que parecen super inútiles, sólo hace falta ponerles un nombre como Indurain o Chiapucci para que muestren un increíble espíritu competitivo. Para que luego alguien dude de la capacidad de un crustáceo que vive en una concha robada. ¡Qué tardes más memorables nos dejaron aquellos años en el Tour!
Cuando no comíamos en casa de mis primos, tocaba etapa contrarreloj para llegar a casa de mi abuelo antes de las 14'00, la hora de comer. En el punto intermedio, había un avituallamiento. Patatas de la Torre para abrir boca. Si llegabas tarde a casa de mi abuelo, y éste se encontraba ya sentado a la mesa, corrías serio peligro de quedarte sin comer.
Después de comer, lo habitual era dejar a los pequeños viendo la tele y a mi abuelo durmiendo después del Telediario de la Primera, mientras que los mayores iban a tomar un café. Nos chupábamos cualquier reposición o refrito veraniego, tipo el Equipo A o el Coche Fantástico y, a la vuelta, nuestros padres siempre traían helados.
Por la tarde, salíamos a comernos el mundo. Yo tenía mis amigotes, Felipe, Ginés y Pedro, con los que salía a espachurrar saltamontes, a recoger caracoles y a comernos los nísperos del vecino. También había una chica de Madrid, que se llamaba África, y una chica francesa, Mélodie. Y un perro simpático, el de los otros vecinos, cuyo nombre era Olimpo. Olimpo resultó ser un animal super lanudo y juguetón. Pocas veces más en mi vida he visto un perro con el pelo a lo afro.
Pero desde luego, si a mí había alguien que me tenía fascinado, era Mélodie. Me tenía enamorado. Pero un amor puro, no como los de ahora, que nada más que piensas en bajarle las bragas. Yo a la francesita la idolatraba. Era de Lyon y un año mayor que yo. Nos pasábamos las tardes con ella jugando a las cartas. A veces, si había suerte, nos cantaba alguna chanson en francés. A mí me parecía que tenía la voz más bonita del mundo y, sin duda, ella fue la razón de que yo estudiara francés durante nueve años.
La familia de la lyonnaise nos parecía super rara, porque comían a las cinco de la tarde y hablaban cantando. Pero a mi primo David eso no parecía importarle, ya que solía vérsele en compañía de las hermanas de Mélodie. David solía salir cuando empezaba a anochecer y llegaba a casa de madrugada. Por la mañana, lógicamente, estaba hecho un trapo. Ahora entendemos muy bien lo que motivaba al muy golfo.
Según caía la tarde, nos comíamos un bocata para cenar y apurábamos el día jugando al bote botero. Cuando los mosquitos hacían acto de presencia, nos retirábamos hasta el día siguiente.
Y así pasaban los días. Un bucle infinito de sencilla y llana felicidad.
Con el tiempo, todos nos hicimos mayores. Las cosas cambiaron, y las francesas dejaron de ir a la playa. Hace unos meses, al pasar por delante de la casa de Mélodie, vi que estaba a la venta. La última vez que pasé, el cartel había desaparecido.
La verdad es que yo nunca supe qué decían aquellas canciones en francés, pero me hubiera gustado oírlas una vez más.
Junto con aquella chica de Lyon, se fueron mi infancia, mi inocencia y aquel amor casto y puro.
Lundi matin,
le roi, sa femme et le petit prince
sont venus chez moi
pour me serrer la pince.
Comme j'étais parti,
le petit prince a dit:
"Puisque c'est comme ça,
nous reviendrons mardi."
Mardi matin…
Mercredi matin…
Jeudi matin…
Vendredi matin…
Samedi matin…
Dimanche matin,
le roi, sa femme et le petit prince
sont venus chez moi
pour me serrer la pince.
Comme je n'étais pas là,
le petit prince a dit:
"Puisque c'est comme ça,
nous ne reviendrons plus."
Ahora, con las chicas nada más que pienso en guarradas y tengo un nivel de inglés que ni Tarzán. En fin, c'est la vie.
miércoles, 23 de abril de 2008
Día 1 -. Murcia - Madrid - Göteborg
Por fin había llegado el día. A las 9 de la mañana teníamos que estar en la sucursal de NATIONAL ATESA, muy cerca de Juan Carlos I, a la altura del Zig Zag, para recoger nuestro vehículo en alquiler y partir rumbo al aeropuerto de Barajas.
Yo me había levantado a las 7 para acicalarme, además de repasar la lista del equipaje para no olvidar nada. La mochila ya la había preparado la noche anterior. Una vez a punto, me puse en marcha hacia el lugar de la cita.
Para no romper la magia, llegué cinco minutos tarde. El día comenzaba con una finísima llovizna, pero las previsiones indicaban un solazo del copón. Nosotros habíamos reservado un C2 por unos 55 €, un coche más bien justo para tres hombres medio hechos y algo inclinados, pero al llegar al mostrador se nos anunciaba que, sin coste adicional, nos harían entrega de un C3. We have a good karma, my friend.
Salimos rumbo a Madrid, un viaje sin incidentes, frotándonos las manos pensando en todo lo que teníamos por delante. Pero al llegar a Barajas, nos dimos cuenta de algo. ¡Maldita sea!
Nos habíamos olvidado de llenar el depósito antes de devolver el coche. Esto suponía un pequeño recargo adicional, como nos explicaron en el mostrador de la compañía. Nos daba tiempo a ir a buscar una gasolinera, pero pensamos que lo más probable es que nos perdiéramos para siempre y no volviéramos a aparecer nunca más, así que preferimos aflojar la pasta y comenzar la aventura sin mayores contratiempos. Total, que el coche nos salió por 35 € por barba al final. Dentro de lo previsto.
Una vez en el aeropuerto, cogimos un carrito y paseamos buscando nuestro mostrador de facturación. Por supuesto, éramos los primeros en llegar, con más de dos horas de antelación. Tras una pequeña espera, facturamos y nos dispusimos a comer algo. Un pequeño tentempié a base de bocatas de jamón serrano y tortilla de patatas, propiedad de Friscar, que amablemente repartió entre los asistentes cual Jesucristo en la Última Cena.
Pasamos a la zona de embarque, nos informamos de nuestra puerta, y comenzaron las dudas. Resulta que existe una zona para los que viajan a países de la UE y otra para los que lo hacen fuera de ésta. Nuestra puerta, estaba en la segunda, y el guardia de control de accesos nos dijo que una vez que saliéramos de territorio europeo, ya no podríamos entrar. Decidimos esperar hasta veinte minutos antes para ver qué puerta nos había tocado en gracia, ya que todo podía cambiar en cualquier instante. En ese momento, no teníamos muy claro si acabaríamos en Suecia o en Haití. Al final, aunque tuvimos que abandonar la seguridad de la UE para embarcar, todo salió bien y el vuelo de Ryanair zarpó con nosotros y nuestro equipaje en su barriga.
Al llegar a Göteborg, cogimos el Flybussarna, el servicio de autobuses que te lleva hasta la civilización, por unas 50 coronas, al cambio aproximadamente unos 5 €. Como no podía ser de otro modo, unos estudiantes españoles de Erasmus en Borås nos acompañaban, lo que sería una constante durante todo el viaje.
Y al fin, llegamos a nuestro destino, la Nils Ericssonterminalen. Nos habíamos plantado en Göteborg, en la estación de autobuses y trenes, pero aún quedaba lo más difícil. No teníamos ni repajolera idea de cómo llegar a nuestro albergue, el Slottsskogen Vadrarhem. Sólo sabíamos que se encontraba en Vegagatan 21, junto al parque, pero eran las 10 de la noche y no teníamos mapa. Las mochilas, por supuesto, pesaban un cojón, y Göteborg era lo suficientemente grande y oscuro como para acabar durmiendo en un cajero, después de doblarnos la espalda bajo el peso de 23 días de comida y ropa limpia.
Preguntamos al primer sueco que vimos. El hombre, que iba con su mujer y un carrito con hijo, se quedó un poco pensativo y nos espetó un "Follow me". El pavo salió corriendo hacia la parada del tranvía, que ya se acercaba, y dejó atrás a su esposa e hijo. Por un momento, pensé que iba a abandonarlos para embarcarse junto a nosotros en la aventura, pero no. La mujer le dio alcance, a pesar de ir con muletas y arrastrando un carrito.
Nos subimos con ellos en el tranvía de la línea 6, dirección Kortedala y fui a pagar los billetes a una maquinita que había dentro del vagón. Intenté meter un billete gordo de rupias suecas, que era lo único que llevábamos, pero aquello no rulaba. El sueco me explicó que el cacharro sólo iba con monedas, y que había que echarle 20 coronas para que te diera el papelito con la conformidad, pero que salía más a cuenta comprar un bono de diez viajes en un 7eleven. Acto seguido, introdujo su bono tres veces para pagarnos el viaje. "I have saved you again". Pues ya ves, chavalote.
Durante el trayecto, nos comentó unas cuantas cosas sobre Göteborg. Nos indicó dónde podríamos comer, desayunar o comprar, nos recomendó bares y pubs a los que ir... un encanto de persona. Al fin, llegamos a nuestra parada, la de Olivedalsgatan. El sueco nos dijo que bajáramos con él. Nos llevó hasta la puerta del albergue y nos explicó que él vivía cerca. Nos despedimos de él, agradeciéndole de corazón todo lo que había hecho, y maravillándonos por la hospitalidad de aquella gente. Que Dios lo tenga en su gloria por muchos años.
Íbamos pensando que, de haber ocurrido en España, el pobre Sven seguramente hubiera sido robado, apaleado y violado. Pensábamos en todos aquellos garrulillos que habíamos dejado atrás, de las poblaciones circundantes a la huerta, en las que uno al solicitar ayuda en la lengua de Shakespeare es probable que reciba por respuesta algo como "¡Achoooo, pero que m' ehtáh contando!", ocasionalmente acompañados de un par de mecos, sólo por el hecho de ser guiri.
Una vez sanos y salvos en el albergue, nos recibió un pelirrojo. Nos hizo entrega de las llaves de nuestra habitación y nos rebajó un 15% por ser miembros de HI, por lo que se nos quedó el asunto en 21 euros por día con desayuno. El carnet de Alberguista Internacional, que costó 6 €, se rentabilizaría solo en apenas tres días. Nosotros habíamos reservado en una habitación común, suponíamos que un barracón mugriento con trescientos catres en los que le hueles los pies al de al lado y cinco personas te roncan en la oreja. Por disponibilidad y buen corazón, nos dieron sin coste adicional una habitación para los tres solicos, con tele, grifo para la colada y el Barça-Sevilla de 'la Liga', comentado por Erik Gunnar Sorensen y Karl Andersson. Encantados estábamos.
Montamos el chiringuito, comimos algo suave en un impresionante saloncito con cocina atestado de viajeros y salimos a dar una vuelta por el parque cercano.
Paseamos un poco por Slottsskogen, que más que parque era un trozo de naturaleza en mitad de la ciudad. Kilómetros de césped tupido, frondosos árboles, riachuelos, lagos, cataratas, carriles bici... y a lo lejos, una sorpresa de bienvenida. Divisamos un cervatillo. Lo miramos, nos miró, y casi nos echamos a llorar. Éramos muy felices.
Esa noche, volvimos pronto a dormir. Con una sonrisa de oreja a oreja nos marchamos a la cama. Entre la batalla de ronquidos que se habían montado estos dos, yo sólo pensaba en cuánto podría costarme comprar una casa allí.
jueves, 17 de abril de 2008
Justicia para todos
Es para mí hoy motivo de algarabía poder anunciar que los engranajes que mueven la rueda judicial en este país, funcionan. Aunque sea con una lentitud pasmosa, eso sí.
Hace ahora dos años, abandonando una discoteca y después de haber pagado nuestras correspondientes consumiciones, una cajera del lugar conminó a mi pareja a reabonarle el importe íntegro de una noche de fiesta completa, una tarjeta de consumiciones por valor de 60 euros, por el hecho de haberla extraviado. Esta señorita no tuvo en cuenta que apenas dos minutos antes habíamos entrado con nuestro sello puesto para recoger nuestros abrigos, despedirnos de nuestros amigos y marcharnos a casa.
Comenzó entonces una discusión y solicité encarecidamente a mi saquito de alegría que buscara la tarjeta y a la empleada que se tranquilizara para solucionar el asunto. La discusión derivó en trifulca cuando la cajera empujó a mi pareja. Obviamente, la segunda devolvió el empujón, y yo intervine para intentar reconducir el asunto por cauces pacíficos, recriminar la actitud de ambas y pedir calma. La cajera me empujó a mí entonces, y, de repente, un señor salido de la nada me agarró del brazo de muy malos modos junto a otro tipo pelado, que por su gesto deduzco encocado hasta la médula, y me lanzaron contra la pared en un espacio apartado.
Los tipos comenzaron a amenazarme y a decirme que me iban a dar una paliza. Yo estaba aún flipando con los modos de estos dos tipejos y sus escasas razones. Intenté razonar con ellos, pero fue en vano. Les rogué que se calmaran y que volviéramos dentro para buscar la tarjeta, que lo que estaban haciendo ni siquiera era legal, y en ese momento me echaron del local a empujones, sin más.
En la puerta me quedé, exigiendo a un animal con muy poco cerebro que me dejara pasar, que se estaban equivocando y que esto se solucionaba rápidamente, que la tarjeta que solicitaban tenía que aparecer. El animal, por supuesto, me amenazaba con darme una paliza. Por lo visto, esta gente de mal vivir gusta de solucionar las cosas así, intimidando y agrediendo a los clientes.
Yo no podía abandonar la escena, pues mi pareja aún permanecía dentro y yo estaba muy preocupado por ella. Intenté llamar a la policía y, en ese momento, salió mi pareja llorando y muy asustada. Uno de estos animales de la Discoteca Exágono de la zona comercial Atalayas, en Murcia, para más información en la calle Molino de Nelva, número 56, la había agarrado del cuello y la había amenazado.
Una vez que la tarjeta apareció, en el bolso de una amiga, y vieron que no se había consumido nada, se dieron cuenta de su error y la dejaron salir. Nos quedamos en la puerta, pidiendo un mínimo de decencia por su parte y que se disculparan. Pero nada de eso ocurrió. Recibí una nueva invitación por parte del portero para "desistir de mi actitud y solucionar las cosas entre los dos en la parte de atrás". El pobre, no llegaba a más.
Mientras tanto, el culpable, el señor que me agredió, un hombre de mediana edad que resultó ser el dueño, observaba la escena desde la puerta.
- Discúlpate por lo que habéis hecho. Sabes que la habéis cagado - le decía alterado.
- ... - silencio era su respuesta.
- Te vas a acordar de mí, grandísimo cabrón. Te juro que te vas a acordar de mí. Esto no va a quedar así - le grité.
El pavo se fue después de hablar con unos cuantos empleados. Él no lo sabía, pero algunos de sus porteros, evidentemente no los de ese momento, sus dj's y varios de sus camareros y camareras, eran conocidos míos. Incluso mi hermana había trabajado en el guardarropa. Algunos se acercaron a hablar conmigo, y recomendaron al tipejo que desapareciera de la escena. Así hizo.
Después de informarme sobre él y su identidad, consulté con un agente de policía y éste me recomendó denunciar en comisaría.
Por suerte para mí, el tipo me había causado lesiones en un dedo al lanzarme contra la pared y había unos cuantos testigos de la agresión, a pesar de que algunos de ellos me defraudaron mucho por no querer 'meterse en líos' a pesar de ser, supuestamente, amigos míos.
En fin, me presenté con mi parte de lesiones un par de días después para denunciar, tras intentar conseguir sin éxito que mi pareja hiciera lo propio.
Un año después, salió el juicio. Uno se da cuenta de que se ha hecho mayor cuando dice cosas como, 'tengo que ir a ver a mi abogado'. El acusado no se presentó, estaba en Punta Cana tomando el sol, el juez se pilló un rebote del carajo y perdió el juicio.
Le condenaron a pagarme 180 euros, una cantidad simbólica, pero me consuela saber que le amargué un poco la existencia y el delito figurará en su expediente. Para que la gente sepa qué clase de persona es.
Esta semana, por fin, después de dos años desde los sucesos y tras la huelga de los funcionarios de Justicia, el dinero obra en mi poder.
Lo más gracioso del asunto, es que aquella noche estábamos siendo invitados a todo por parte de sus camareros, que no nos dejaban pagar nada. Incluso, en más de una ocasión, por vergüenza torera, pedí a mis conocidos que marcaran algo en la tarjeta, que ya eran muchas las noches que me iba de allí sin pagar absolutamente nada y me sentía un poco culpable por el expolio consentido por sus empleados.
En fin, lo importante es que al final se ha hecho justicia. Lentamente, pero se ha hecho. Mantendré la identidad del condenado en el anonimato, a pesar de que figura todo en la denuncia, el correspondiente expediente del juicio y su sentencia. No obstante, va a tu salud, Pedrito.
PS: No, no es una falta de ortografía, es que los muy ignorantes llamaron a la empresa Hexágono, pero sin H de 'hijos de puta'.
lunes, 14 de abril de 2008
El indigente perruno
Hace un par de meses, me encontraba paseando con mi costilla al amparo de la luna y las farolas, omnipresentes en la siempre excesivamente iluminada noche murciana. Pasear es algo a lo que me estoy aficionando, como en su día me aficioné a los pistachos iraníes o a ir al parque a dar de comer a los patos. Es por estas cosas que algunos piensan que me encuentro peligrosamente cerca de los hábitos de un señor de setenta años. Pero cada uno tiene sus cosillas, que diría aquél, y yo ya voy peinando canas desde hace años, por mucha calidad que atesoren mis botas en los partidos del Trofeo Rector.
El caso es que nos encontrábamos paseando tranquilamente por los jardines de La Flota, cuando cruzando un paso de cebra nos topamos con un perrillo negro que hacía lo propio con el semáforo en verde para personas, que no para cuadrúpedos. Al verlo, no pude más que sonreír y comentarle a mi acompañante "mira que animal más apañao, que cruza la calle por el paso de cebra". Echamos unas risitas, y el animal, que percibió buen rollito, nos siguió a una distancia prudencial desde ese momento.
Continuamos nuestra sosegada travesía con rumbo a mi casa, con el perrillo haciendo la ronda junto a nosotros. Se conoce que el perrillo llevaba un tiempo solo y se notaba que, o bien se había extraviado o bien lo habían abandonado. En cualquier caso, el animal buscaba sentirse parte de una familia, y nosotros hacíamos el camino riendo y hablando en un tono agradable, dirigiéndonos ocasionalmente a él para decirle cosas como "ten cuidado con la carretera, chavalote" o "no te comas la mierda de otros perros, guarrete". En fin, que el bicho llegó con nosotros a la altura del tranvía de Juan Carlos I, y procedimos a cruzar.
El perrillo se quedó rezagado, y siendo como era la avenida, nos preocupamos un poco por el animal al ver que iba a cruzar en rojo alegremente. Nos detuvimos un segundo, con intención de esperarlo. Fue entonces cuando oímos un frenazo y al perrillo ladrar de una manera que nos heló la sangre.
El pobre animal salió corriendo despavorido hacia nosotros, ladrando muy alterado como diciendo "¡Dios mío, ¿por qué a mí?, ¿qué he hecho yo?". A nuestra altura llegó, tembloroso y asustado, pidiendo explicaciones a ladridos, cuando, de repente, lo vimos tambalearse y... se desplomó. Literalmente, lo vimos estirar la pata. Nos quedamos asombrados.
El coche no lo había tocado, pero del susto el animal había sufrido un infarto. Ahí se quedó el bicho, tendido y agonizando. Y nosotros boquiabiertos, sin saber muy bien qué hacer.
Aquí un extracto de la conversación que mantuvimos.
- Llama a la policía - dijo ella.
- Me van a mandar a la mierda - dije yo.
- No sé, me da pena dejarlo así - dijo ella.
- ¿Y qué voy a hacer? ¿Llamar a una ambulancia? ¿A quién se llama cuando a un perro le da un infarto? Si quieres hacerle el boca a hocico... - dije yo.
- Sí, hombre. Antes lo he visto comerse una mierda - dijo ella.
- ¿Sabrías hacerle un masaje cardíaco a un perro? - dije yo.
- Y una paja también, venga hombre - dijo ella.
En esas estábamos, con el móvil en la mano sin saber qué cojones hacer o a quién cojones llamar con un perro moribundo, cuando el animal, cual Jesucristo en una de sus mejores actuaciones en Jerusalén, se reincorporó.
Atónitos nos quedamos.
Nos acercamos al animal, lo miramos detenidamente, y esperamos para ver si se recuperaba. Y efectivamente, el jodido perro negro había resucitado. Tenía lágrimas en los ojos y se había meado encima, pero estaba vivo. Me hace gracia pensar que un par de miles de años antes, unos cuantos fanáticos habrían fundado la Primera Iglesia Perruna del Animal de los Últimos Días, le habrían dedicado cuatro tomos a su obra y milagros, y se le atribuiría la capacidad de mear champán y defecar palomitas de maíz.
En fin, que un ratito después, el perro se puso en pie y volvió a menear el rabo, todavía un poco aturdido. Aún flipando con el desenlace, seguimos nuestro camino, con el perro milagroso siguiéndonos, ahora mucho más de cerca.
Íbamos pendientes de él, en cualquier caso. A veces puedo ser un poco cabrón y reventar ratones contra la pared de una patada, pero, por increíble que parezca, tengo sentimientos.
El perrillo, que debió ser compañero de reparto de Bruce Willis en 'El protegido', se paró un par de veces a vomitar. De su boca salían unas bolas verdes, enormes y gelatinosas, que habrían hecho las delicias de los fanáticos de 'Alien'. Las olisqueaba y seguía su camino. Un milagro más para la Biblia Perruna, más conocida como 'El Ladrido'.
Cruzamos una última calle antes de llegar a mi casa, con el perrillo a cinco centímetros de nuestras piernas. Y al fin, llegamos al portal.
- ¿Qué hacemos? - dijo ella.
- A mi casa no sube. Mi madre me mata. Además, ¿tú has visto lo que le ha salido de la boca? A mí me causa respeto - dije yo.
- ¿Entonces? - dijo ella.
- Nada, como una tirita. Un tirón y listos. No lo mires más, que da penita. Además, mejor aquí, que hay parques y jardines, que en mitad de una autovía para que lo reviente un coche - dije yo.
El perrillo nos miró como diciendo, "bueno, qué, ¿subimos a casa?".
- Fuera bicho, vive tu vida. No te arrimes a las carreteras y corretea por los jardines, que están llenos de gusanitos que tiran los críos y de palomas, que son una fuente de proteínas con plumas - le dije al animal.
Y nos marchamos.
La última vez que lo vimos, nos miraba extrañado desde la calle, mientras la puerta del ascensor se cerraba.
¿Qué habrá sido de él? Lo ignoramos. Pero me temo que sus esperanzas no eran nada halagüeñas. Eso, por supuesto, sin hablar de su escaso instinto de supervivencia. Pero quién sabe, a lo mejor se sacó una tienda de campaña del ojete, acampó junto a la parroquia, invitó al párroco a unos kebabs que también le salieron del orto, el anonadado miembro del clero le tramitó el milagro y lo nombraron Santo. O a lo mejor el chucho sólo tenía lombrices, vete a saber.
viernes, 11 de abril de 2008
Bienvenido, Juan Antonio
Hace tiempo, que lo presenté en sociedad, pero ahora ya es definitivo. Adopté una mascota virtual, ese pato amarillo que come pan y cacahuetes, a la que temporalmente, y a la espera de una idea mejor, llamé Alfred J. Kwak. Cosas de la infancia, ya sabéis.
Ahora que he madurado la idea, creo que ha llegado el momento de bautizarlo. Para ello, he decidido quedarme con el nombre de Juan Antonio. Me parece un nombre muy correcto y punto. Como debe ser.
Al bicho lo podéis ver en la barra lateral, justo debajo de la foto de mi perfil. Sí, esa foto en la que salgo alcoholizado perdido en un albergue de Munich, comiendome una manzana que previamente había robado, en un intento de hacer una foto sugerente que se quedó en eso, en un intento fallido. Llevaba una 'papa' que no veas, y en esos estados toda idea parece buena.
Así pues, Juan Antonio, yo te bautizo en el nombre de Gabri, del Gringo y de un polo que se llama Magnum, Ramén.
