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lunes, 14 de abril de 2008

El indigente perruno

Hace un par de meses, me encontraba paseando con mi costilla al amparo de la luna y las farolas, omnipresentes en la siempre excesivamente iluminada noche murciana. Pasear es algo a lo que me estoy aficionando, como en su día me aficioné a los pistachos iraníes o a ir al parque a dar de comer a los patos. Es por estas cosas que algunos piensan que me encuentro peligrosamente cerca de los hábitos de un señor de setenta años. Pero cada uno tiene sus cosillas, que diría aquél, y yo ya voy peinando canas desde hace años, por mucha calidad que atesoren mis botas en los partidos del Trofeo Rector.

El caso es que nos encontrábamos paseando tranquilamente por los jardines de La Flota, cuando cruzando un paso de cebra nos topamos con un perrillo negro que hacía lo propio con el semáforo en verde para personas, que no para cuadrúpedos. Al verlo, no pude más que sonreír y comentarle a mi acompañante "mira que animal más apañao, que cruza la calle por el paso de cebra". Echamos unas risitas, y el animal, que percibió buen rollito, nos siguió a una distancia prudencial desde ese momento.

Continuamos nuestra sosegada travesía con rumbo a mi casa, con el perrillo haciendo la ronda junto a nosotros. Se conoce que el perrillo llevaba un tiempo solo y se notaba que, o bien se había extraviado o bien lo habían abandonado. En cualquier caso, el animal buscaba sentirse parte de una familia, y nosotros hacíamos el camino riendo y hablando en un tono agradable, dirigiéndonos ocasionalmente a él para decirle cosas como "ten cuidado con la carretera, chavalote" o "no te comas la mierda de otros perros, guarrete". En fin, que el bicho llegó con nosotros a la altura del tranvía de Juan Carlos I, y procedimos a cruzar.

El perrillo se quedó rezagado, y siendo como era la avenida, nos preocupamos un poco por el animal al ver que iba a cruzar en rojo alegremente. Nos detuvimos un segundo, con intención de esperarlo. Fue entonces cuando oímos un frenazo y al perrillo ladrar de una manera que nos heló la sangre.

El pobre animal salió corriendo despavorido hacia nosotros, ladrando muy alterado como diciendo "¡Dios mío, ¿por qué a mí?, ¿qué he hecho yo?". A nuestra altura llegó, tembloroso y asustado, pidiendo explicaciones a ladridos, cuando, de repente, lo vimos tambalearse y... se desplomó. Literalmente, lo vimos estirar la pata. Nos quedamos asombrados.

El coche no lo había tocado, pero del susto el animal había sufrido un infarto. Ahí se quedó el bicho, tendido y agonizando. Y nosotros boquiabiertos, sin saber muy bien qué hacer.

Aquí un extracto de la conversación que mantuvimos.

- Llama a la policía - dijo ella.
- Me van a mandar a la mierda - dije yo.
- No sé, me da pena dejarlo así - dijo ella.
- ¿Y qué voy a hacer? ¿Llamar a una ambulancia? ¿A quién se llama cuando a un perro le da un infarto? Si quieres hacerle el boca a hocico... - dije yo.
- Sí, hombre. Antes lo he visto comerse una mierda - dijo ella.
- ¿Sabrías hacerle un masaje cardíaco a un perro? - dije yo.
- Y una paja también, venga hombre - dijo ella.

En esas estábamos, con el móvil en la mano sin saber qué cojones hacer o a quién cojones llamar con un perro moribundo, cuando el animal, cual Jesucristo en una de sus mejores actuaciones en Jerusalén, se reincorporó.

Atónitos nos quedamos.

Nos acercamos al animal, lo miramos detenidamente, y esperamos para ver si se recuperaba. Y efectivamente, el jodido perro negro había resucitado. Tenía lágrimas en los ojos y se había meado encima, pero estaba vivo. Me hace gracia pensar que un par de miles de años antes, unos cuantos fanáticos habrían fundado la Primera Iglesia Perruna del Animal de los Últimos Días, le habrían dedicado cuatro tomos a su obra y milagros, y se le atribuiría la capacidad de mear champán y defecar palomitas de maíz.

En fin, que un ratito después, el perro se puso en pie y volvió a menear el rabo, todavía un poco aturdido. Aún flipando con el desenlace, seguimos nuestro camino, con el perro milagroso siguiéndonos, ahora mucho más de cerca.

Íbamos pendientes de él, en cualquier caso. A veces puedo ser un poco cabrón y reventar ratones contra la pared de una patada, pero, por increíble que parezca, tengo sentimientos.

El perrillo, que debió ser compañero de reparto de Bruce Willis en 'El protegido', se paró un par de veces a vomitar. De su boca salían unas bolas verdes, enormes y gelatinosas, que habrían hecho las delicias de los fanáticos de 'Alien'. Las olisqueaba y seguía su camino. Un milagro más para la Biblia Perruna, más conocida como 'El Ladrido'.

Cruzamos una última calle antes de llegar a mi casa, con el perrillo a cinco centímetros de nuestras piernas. Y al fin, llegamos al portal.

- ¿Qué hacemos? - dijo ella.
- A mi casa no sube. Mi madre me mata. Además, ¿tú has visto lo que le ha salido de la boca? A mí me causa respeto - dije yo.
- ¿Entonces? - dijo ella.
- Nada, como una tirita. Un tirón y listos. No lo mires más, que da penita. Además, mejor aquí, que hay parques y jardines, que en mitad de una autovía para que lo reviente un coche - dije yo.

El perrillo nos miró como diciendo, "bueno, qué, ¿subimos a casa?".

- Fuera bicho, vive tu vida. No te arrimes a las carreteras y corretea por los jardines, que están llenos de gusanitos que tiran los críos y de palomas, que son una fuente de proteínas con plumas - le dije al animal.

Y nos marchamos.

La última vez que lo vimos, nos miraba extrañado desde la calle, mientras la puerta del ascensor se cerraba.

¿Qué habrá sido de él? Lo ignoramos. Pero me temo que sus esperanzas no eran nada halagüeñas. Eso, por supuesto, sin hablar de su escaso instinto de supervivencia. Pero quién sabe, a lo mejor se sacó una tienda de campaña del ojete, acampó junto a la parroquia, invitó al párroco a unos kebabs que también le salieron del orto, el anonadado miembro del clero le tramitó el milagro y lo nombraron Santo. O a lo mejor el chucho sólo tenía lombrices, vete a saber.

1 comentario:

Unknown dijo...

El perro-persona a alfigido mi corazón, lo malo de ayudar a un perrillo esque hay que ayudarlo hasta el final, sino su mirada se te queda clavada día tras día