La trágica pérdida del pelazo del Chexpi me ha hecho pensar.
Hace un porrón de años, ni recuerdo cuántos, en un claro arrebato juvenil, decidí que me haría un piercing. He aquí un rebelde conformista.
Podría haberme hecho un tatuaje, pero las agujas me aterran, y a la larga sabía que volvería al redil. No, tatuarse la piel con agujas no tiene vuelta atrás, y lo que hoy es un bonito dibujo en una piel joven y tersa, mañana será un manchurrón verdoso en una piel fláccida y añeja. A ver cómo le explicas eso a tus hijos, para qué hablar de tus nietos.
Me decidí por un piercing por ser algo de lo que uno puede arrepentirse. En la oreja me parecía una mariconada, en el labio y en la lengua no lo vi nada práctico, en la tetilla me pareció inútil y en el prepucio me pareció una mierda muy chunga. En realidad en el prepucio ni siquiera me lo llegué a plantear, pero por cosas así es que pienso que el mundo tarde o temprano se irá a la mierda.
Mi decisión final era sencilla. En la ceja. Además, estéticamente me agradaba.
Como mi espíritu transgresor no consiguió vencer a mi sentido común, en lugar de acudir a un garito de éstos en los que un tipo llamado Serpiente, con más dibujos en su cuerpo que un comic de Naruto y ataviado con un chaleco de cuero sin mangas, te mete una aguja en la piel sin más miramientos y tras invitarte a par de tragos de bourbon al ritmo que marcan los 'acordes' de Mayhem, opté por acudir a un ATS.
Sí, me rebelé contra el mundo en la consulta privada de un practicante, en su chalet residencial y bajo anestesia local.
Al principio, la gente me preguntaba si me dolía y yo decía que no. Ahora, la gente me sigue preguntando si me duele, y yo los miro sin saber a qué se refieren. Lo he llevado tantos años, que me he olvidado de que existe. A decir verdad, me acuerdo de él cuando la peluquera me pega un tirón con el peine, cuando me lo engancho con la esponja en la ducha o cuando me llevo un pelotazo en la cara jugando al fútbol. Pero para mí, el resto del tiempo, hasta cuando me miro al espejo, es invisible.
No sé, debe ser que ya no me queda mucho de inconformista. Ya no me siento nada transgresor. Creo que su tiempo ha terminado. Algunos ni siquiera me conocen sin él, pero puedo asegurar que en el fondo fui, soy y seré siempre la misma persona.
domingo 22 de noviembre de 2009
Adiós piercing
jueves 22 de octubre de 2009
La censura de Saw VI
Hubo una época en este país, en la que las libertades se veían tremendamente recortadas. Una época bisoña, arcaica y moralista, en la que por besar a tu novia en un parque podías verte en un calabozo con una denuncia por escándalo público. No te digo ya por tocarle un pecho, aunque fuera por encima de la blusa. Y mejor no intentemos imaginar cuál sería la pena por subir de un salto al altar de la Iglesia en pleno acto litúrgico, completamente desnudo, robarle el cáliz a un párroco en pleno shock, beber de un trago la sangre de aquél que murió por nuestros pecados, eructar sonoramente, proceder a introducirse un par de obleas consagradas por el ojete, como si de una hucha se tratara, y gritar a la concurrencia que se es 'el elegido', con los brazos bien extendidos hacia el Cristo crucificado y su Santa Madre.
miércoles 9 de septiembre de 2009
Never!
¡Di NO a Madrid 2016! ¡No con mi dinero!
miércoles 15 de julio de 2009
Nunca más comeré conejo
Desde que Moka llegó a mi vida, me he vuelto un ser humano infinitamente más ñoño. He pasado de comer conejo, relamiéndome y sin remordimiento alguno, a alimentar y cuidar a una de estas peludas criaturas mejor que a mí mismo.
Cuando llegó a casa no era más que un gazapo pequeño y peludo. De color indefinido entre el marrón y el gris, pasó los primeros días fuera de su jaula alternando los bajos de la cama y del sofá, con los ojos como platos y una evidente expresión de pánico. Es lógico. Que te separen de tu madre y tus hermanos con apenas unos meses de vida, y un tiparraco enorme te meta en una caja y te lleve a un lugar totalmente desconocido, para un animal de presa debe ser tremendamente traumático.
Con mucha paciencia y mostrándole en todo momento que mis intenciones eran buenas, valiéndome para tal menester de zanahorias, plátanos y pienso, conseguí que dejara de huir despavorida al verme. Con muchísima más paciencia conseguí que correteara alegremente mientras yo permanecía en la misma habitación. Verla corretear y saltar de alegría corroboró que estaba haciendo lo correcto para ganarme su confianza.
Llegados a este punto, pensé que ya iba siendo hora de domesticarla. Lo primero, era elegir un nombre. Barajé algunas opciones, aunque finalmente determiné que debía ser ella misma la que decidiera. Doblé algunos papelitos con un nombre dentro y se los ofrecí. En sus tres tentativas, eligió siempre el mismo papel, con el nombre de Moka.
Con los mismas hortalizas con las que me la gané, conseguí que acudiera rauda cual rayo cada vez que la llamaba y que volviera a su jaula cada vez que se lo exigía. Castigándola sin salir cuando se cagaba fuera de su jaula conseguí dejar de andar detrás de ella recogiendo conguitos. Observando sus costumbres a la hora de miccionar, logré que utlizara un baño similar al de los gatos.
Al tiempo, Moka fue incrementando su confianza en mí. Tras muchas horas de caricias en su jaula, comenzó a corresponderme lamiéndome la mano. Un día, me sorprendió subiéndose a la cama mientras yo leía. Hoy, se tumba a mi lado mientras le acaricio detrás de las orejillas y me sigue a todas partes. Y llevamos juntos menos de un año.
Después de todo esto, estoy seguro de que nunca más podré volver a comer conejo.
viernes 3 de julio de 2009
Detrás de las cámaras: Alien
Cuando se habla de 'Alien', el film de Ridley Scott, la primera imagen que viene a la mente es la de un bicharraco negro y terrorífico, con ácido en lugar de sangre y un ansia irracional por destruir a todo ser vivo, cualidades éstas que hacían de él el ser menos apropiado para intentar razonar en una hipotética lucha a muerte.
Pero más allá de esta imagen creada por el cine, la vida de este espeluznante ser de pesadilla no podría ser más distinta.
Robert K. Alien nació en Madison, Wisconsin, el 29 de febrero de 1956. Fruto de una indecorosa relación, un amor prohibido entre un inmigrante hondureño y un oso grizzly, Robert Khimki fue abandonado a las puertas de la Parroquia Luterana de Betel.
Tuvo una infancia difícil. Los demás niños huían despavoridos ante su sola presencia. Según se hacía mayor, el pánico degeneró hacia una absoluta falta de respeto por su persona, lo que derivó en abusos reiterados por parte de sus compañeros, que constantemente insultaban y daban collejas a Robert en el recreo. Como él mismo recuerda, "en una ocasión, yendo de excursión al lago Michigan, llegaron incluso a lanzarme a la fosa séptica de un camping; fue horrible; todos se reían de mí y tardé casi dos semanas en quitarme aquel nauseabundo olor a material fecal".
Recorrió multitud de centros estatales en busca de una aceptación por parte de la comunidad que nunca llegó. Generaba terror entre la población blanca, la comunidad negra lo consideraba demasiado horripilante, los latinos no lo aceptaron por no ser suficientemente 'genuino' y los demás osos lo miraban con cierto recelo y desconfianza.
Tras alcanzar su mayoría de edad, fue aceptado por el zoo de Milwaukee como atracción principal. Y fue entonces cuando su vida dio un giro inesperado.
Ridley Scott, de vacaciones en Milwaukee, preparaba por aquel entonces el rodaje de una película de ciencia ficción, en la que necesitaba de un ser abyecto, venido de las profundidades del infierno, para hacer el papel de alienígena. La tarea no estaba resultando nada sencilla, sobre todo después de que el principal candidato para el papel, el español José Sacristán, hubiera declinado la oferta para continuar con el 'landismo' en su país. Paseaba por el zoo de la ciudad cuando se produjo el descubrimiento del director. Al ver a Robert, sintió, además de náuseas, que sus plegarias habían sido atendidas.
Tras escuchar la propuesta de Ridley, Robert no lo dudó ni por un instante y se trasladó con el director a Londres, para comenzar de inmediato el rodaje de 'Alien'.
El resto es historia.
Después de su primera película, vinieron otras. Producciones como 'Alien, el regreso', 'Alien 3' o 'Alien: Resurrección', además de dos secuelas más compartiendo protagonismo con Predator, así como numerosos videojuegos, hicieron de Robert Khimki una estrella a nivel internacional.
Hoy en día, poco queda de aquel espeluznante y desgarbado ser que aterrorizó a toda una generación y conquistó nuestros corazones, así como otras vísceras.
Retirado de toda vida pública tras el escándalo del Hotel Paradise Inn de Miami, donde celebró una fiesta privada en su suite acompañado de algunas jóvenes participantes en el Certamen de Miss Belleza Latina de 1996, cuando se le suponía un romance con su compañera de reparto en la trilogía que le hizo famoso, Sigouney Weaver, Robert Khimki decidió cambiar el rumbo de su vida. Aquel traspiés le costó, además de su relación con la actriz, numerosas críticas y una notable caída en su reputación. Más aún cuando se comenzó a especular con la posibilidad de que una de las asistentes a la fiesta fuera la brasileña Aline Rezende, por aquel entonces menor de edad.
Tras una búsqueda espiritual que le llevó a recorrer la India y Tailandia, tuvo lugar un encuentro en el Tibet con el Dalai Lama que le marcaría para siempre.
Sir Robert Alien, desde que en 2004 la reina Isabel II le otorgara tan eminentísimo honor, con motivo del 25 aniversario de su primer largometraje, se ha volcado desde entonces por completo en la filantropía. Apoya numerosas causas en beneficio de los más desfavorecidos, labor que le valió en 2007 el reconocimiento como premio Príncipe de Asturias de la Concordia, compartido con el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén.
A sus 53 años, este engendro da hoy de todo, menos miedo.
domingo 28 de junio de 2009
Consumo diario de agua
De unos años a esta parte, mi preocupación por el medio ambiente ha ido en aumento. Debe ser que el mensaje de los ecologistas ha calado en mi permeable espíritu, acérrimo defensor de las causas justas y de lo política y éticamente correcto. En el fondo soy un moralista.
Cuando vivía con mis padres, me costó un mundo conseguir convencerlos de que reciclar era bueno. Y digo que me costó, no porque mis padres sean amigos del primo de Rajoy, ese que dice que lo del cambio climático es una patraña, sino porque periódicamente sale en televisión algún reportaje de esos incendiarios en los que una empresa encargada del reciclaje de los contenedores de colorines acaba mezclando todos los residuos en el mismo montón del vertedero. Y en Murcia ya han grabado un par de veces a la empresa haciendo esto, sin ninguna consecuencia.
'¿De qué sirve reciclar en casa, si luego todo va al mismo sitio?'. Vale, es cierto. Pero para dar lecciones de ética, primero debemos cumplir nosotros. Y luego cambiar al Gobierno de turno, que es quién tolera este tipo de actuaciones. Si tú cumples con tu cometido ecológico, serán ellos los que deban cambiar sus pautas debido a la presión social.
Volvamos al asunto.
Después de recorrer media Europa, mochila al hombro, mi espíritu ecologista se vio incrementado. Conocí en Escandinavia reciclajes que iban más allá del 'plástico, cartón, residuos orgánicos', incorporando el 'plástico duro' y las 'latas'. Conocí los positivos efectos en cuanto a eficiencia energética de los dobles acristalamientos y un buen aislamiento, que redundaban en un ahorro en calefacción. Descubrí en Alemania el reciclaje remunerado de botellas en cualquier comercio dedicado a la alimentación, unos buenos 8 céntimos por botella que llegaron a pagar alguna que otra ronda más. Y, por supuesto quedé fascinado con la movilidad sostenible de las ciudades, en las que el transporte público, ya fuera metro, tranvía o autobús, se combinaba a la perfección con una extensísima red de carriles bici, elementos que hacían de la vida urbana un concepto mucho más bucólico, casi onírico.
Al volver a casa, además de comprar una bici, esa con el timbre de tortuga tan molona que muchos me habéis visto, y de potenciar mi activismo pro reciclaje, me puse manos a la obra para reducir el consumo de suministros en casa. Bombillas de bajo consumo, filtros de ahorro de agua en grifos y cisterna de doble descarga fueron el paso lógico.
Los resultados, en forma de factura, no se han hecho esperar. A pesar de haber aumentado el precio de la luz y de haber caído el verano en todo su esplendor levantino, mi factura de luz se ha reducido, por el momento, en un 27%. Y la nota más importante, nuestro consumo de agua, por habitante y día, es de apenas 75 litros. Lo destaco, pues gastamos menos de la mitad de agua que la mayoría de hogares españoles, cuyo consumo se sitúa en torno a 171 litros por habitante y día.
En fin, si yo soy consciente de que mi consumo de agua aún está lejos de ser sostenible, ¿cómo explicar el consumo medio de este país, en el que el agua es un bien tan extremadamente escaso? Sencillamente, no podría.
Es preciso que tomemos consciencia de manera bastante inmediata de que los recursos del planeta, y sobre todo en ciertas regiones, son finitos. Nosotros no llegaremos a ver cómo se agotan las reservas de todo cuanto hoy consideramos imprescindible, pero es posible que nuestros descendientes más directos sí lo sufran, en un mañana cada vez más próximo. En mi opinión, vale la pena preguntarse cuál es el mundo en que queremos que vivan.

